Apuntes sobre vanguardia obrera, lucha de clases y partido revolucionario

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Juan Valenzuela, dirigente del Partido de Trabajadores Revolucionario

Lester Calderón, presidente del Sindicato Uno Orica

La tarea de construir una izquierda revolucionaria de la clase trabajadora centrada en la lucha de clases requiere una reflexión teórica acerca de las vías de transformación de la clase trabajadora en un sujeto con capacidad de transformar la sociedad. Lejos de una concepción idealista del sujeto histórico el marxismo revolucionario incorpora en su comprensión de ese proceso el papel de lo subjetivo y las luchas fraccionales entre programas políticos y estrategias encarnadas por fuerzas militantes o fracciones de clase vivas. Es en ese problema que queremos detenernos en este escrito, pensando desde este ángulo algunas tareas y combates políticos presentes que desarrollamos desde el PTR.

I

Tengamos en cuenta como punto de partida que la lucha de clases es comprendida como un concepto que cruza a la historia humana en las primeras páginas del Manifiesto Comunista. Para Trotsky, aquella idea, constituye “la conclusión más importante de la interpretación materialista de la historia”[1]. Es interesante ver como una determinación esencial de la historia humana aparece al mismo tiempo como un factor subjetivo cuando el revolucionario ruso escribe que esa idea “se convirtió inmediatamente en un elemento de discusión en la lucha de clases.”[2] Ni pura actividad espontánea objetiva ni pura idea o planificación subjetiva.[3] Existe, pero no es siempre inmediatamente evidente -tiene flujos y reflujos-, también es una opción comprender la historia y la sociedad a través de su matriz. Y así como discutir teóricamente que existe también es un modo de actuar en ella y propiciarla, una teoría o una política que la niega igualmente actúa en la lucha de clases, pero de manera conservadora, en favor de la clase para la cual es conveniente el ocultamiento. Podemos olvidarnos de la lucha de clases, pero ella no se olvidará de nosotros, como los dueños de Maersk no olvidaron la huelga de 2017 y entendieron el cierre de junio que dejó a 1.200 trabajadores en la calle como una especie de revancha. O como no la han olvidado Macron, Macri y Temer -cada uno en su país ha iniciado procesos de desmantelamiento de conquistas históricas de la clase trabajadora.

Una conclusión derivada de su doble dimensión objetiva y subjetiva es concebir la constitución de la clase trabajadora en una clase para sí -es decir, en una clase capaz de encabezar un proyecto histórico de superación del capitalismo, consciente de sus intereses antagónicos con la burguesía-, como un proceso complejo mediado por las luchas políticas internas en sus propias filas que son heterogéneas y que hacen a su relación con las otras clases de la sociedad.

Es una posibilidad que bien podría frustrarse de no actuar una fuerza política que combata con esa perspectiva. Si en el ciclo huelguístico chileno de 2013-2015 que puso en movimiento a trabajadores de posiciones estratégicas con alta capacidad de impacto económico -portuarios, mineros subcontratistas o Transantiago, entre otros- no deja de ser una pregunta teórica necesaria por qué esto no se tradujo luego en una expresión política de clase. Es evidente que el Frente Amplio basa su política en múltiples agonismos más que en un antagonismo de clases central.[4]

“Nadie -escribe Terry Eagleton- está muy enamorado hoy día de la noción de sujeto de clase puro, total y afirmativo en su identidad unitaria, que meramente tiene que materializarse en la práctica histórica para llegar a ser él mismo.”[5]

¿Tendríamos -entonces- que renunciar a una concepción política basada en la centralidad de la clase trabajadora en tanto esperar que ésta actúe como un sujeto no es más que una ilusión? “El sujeto de clase idealizado -continúa Eagleton- siempre parecería saber ya exactamente lo que necesitaba, estar intuitivamente presente para sí mismo en sus exigencias y deseos.”[6] Según Eagleton este “sujeto bien delimitado, esencializado y autotransparente se considera, por lo común, el candidato revolucionario preferido por el marxismo, aunque tal vez fuese más preciso hablar de él como el candidato preferido en cierta fase inicial de la obra de Georg Lukács.”[7]

Eagleton, en el mismo texto, considera que la tradición leninista en el marxismo se diferencia de esta comprensión del sujeto con fuerte raigambre en el humanismo burgués. El bolchevismo nunca habría caído en esta “cómoda simpleza”. Eagleton indica que, a diferencia de la teoría filosófica del sujeto autotransparente, en “la teoría política marxista se ha tratado de bloques, alianzas, fracciones de clase, solidaridades entre clases”[8]. Escribe irónicamente que “podría haber sido un poco imprudente por parte de los líderes bolcheviques imaginar una pura esencia proletaria que avanzase por sí sola en una sociedad en la que el proletariado no sólo era una pequeña minoría abandonada en medio de un océano de campesinos potencialmente revolucionarios, sino también en la que había una extendida desafección entre secciones de la intelectualidad y de la pequeña burguesía.”[9]

Tiene razón Eagleton. Comprender la transformación del proletariado en un sujeto para sí como un proceso inevitable es una idea que tiene más bien una matriz religiosa. Lejos de una teodicea el marxismo revolucionario sitúa en el centro el arte de la estrategia. “La victoria no es el fruto maduro de la “madurez” del proletariado. La victoria es una tarea estratégica”[10] escribía Trotsky en Clase, partido y dirección. El partido no hace la revolución, pero sin partido no hay revolución.

II

Walter Benjamin consideraba que el sujeto del conocimiento es la misma clase oprimida que lucha, pero resaltaba que al “materialismo histórico le incumbe fijar una imagen del pasado tal y como se le presenta de improviso al sujeto histórico en el instante del peligro”[11]. Materialismo histórico y sujeto histórico son conceptos relacionados pero diferenciados. El primero fija lo que al segundo se le presenta fugazmente en instantes singulares, cuando arrecia el peligro en la lucha de clases. Pese a esto, Michael Löwy, en su texto sobre Benjamin insiste en inscribirlo en una concepción tendiente a la autotransparencia. A propósito del problema del sujeto del conocimiento presente en el Benjamin de Sobre el concepto de historia, escribe que “no deja de recordar los principales escritos de Rosa Luxemburg: la conciencia de clase -y por lo tanto el conocimiento- resulta ante todo de la práctica de la lucha, de la experiencia activa de la clase obrera. Esta proposición se distingue con claridad de la concepción -común a Karl Kautsky y al Lenin del ¿Qué hacer? (1902)- que considera al conocimiento, o la conciencia socialista, como algo que los intelectuales y los teóricos deben introducir “desde fuera”.”[12]

Este debate es importante a la hora de entender teóricamente la relación entre la clase trabajadora y el partido revolucionario. La teoría de la autotransparencia de la clase trabajadora conduce a subvaluar el rol del partido revolucionario y los factores políticos -o teóricos como el “materialismo histórico” aludido por WB- en el proceso producción de conciencia de clase entre las y los trabajadores. Y -con mayor relevancia aún- subvalúa el papel que cumple la burocracia sindical como una falsa dirección de la clase trabajadora. Albamonte y Maiello en Estrategia socialista y arte militar problematizan como el factor burocracia fue crucial en el desarrollo que tuvo el marxismo a inicios del siglo XX. “Como se fue demostrando cada vez más abiertamente, en el caso de la burocracia se trataba de una fuerza que, a pesar de haberse desarrollado en forma “endógena” a la clase obrera, había adquirido privilegios e intereses propios ligados a la relación con el Estado y los capitalistas. De ahí que la burocracia obrera se transformara en expresión material, al interior de la clase trabajadora, de la ideología burguesa y el Estado capitalista mismo.”[13] La principal conclusión lógica de esta cuestión es la necesidad de construir un partido revolucionario que se enfrente al poder material de la burocracia. La lucha de estrategias ya no está “planteada solo en términos de lucha ideológico/política, sino también de enfrentamiento entre fuerzas materiales.”[14]

La concepción según la cual bastaría adquirir noción de la posición estratégica que se ocupa en la sociedad -por ejemplo, los trabajadores portuarios percatándose de su “poder de impacto” a partir de la interrupción de los ciclos asociados a la economía exportadora que recae en sus manos como posibilidad- es una visión que en cierto modo puede emparentarse teóricamente con la concepción de sujeto teleológica, en tanto la clave explicativa es la autocomprensión. Pero la mera existencia del Frente Amplio testimonia que la expresión política de las fuerzas de clase no es un resultado ineludible: el ciclo específicamente obrero de huelgas que tuvo lugar entre 2013 y 2015 no se tradujo en un renacer de la política clasista. Considerar el peso material objetivo es sin duda necesario para argumentar a favor de la centralidad obrera. Pero en la vida primó la emergencia de un conglomerado que no pone a la clase trabajadora en el centro incluso a instancias de corrientes como Izquierda Libertaria que teorizó la huelga o dirigentes obreros como Cristián Cuevas, integrante de Nueva Democracia. Que al otro lado de la cordillera una fuerza política como el Frente de Izquierda y de los Trabajadores, claramente referenciado en la clase trabajadora y en un programa socialista y revolucionario, sea una fuerza que le habla de millones de personas, y que en su interior la organización más influyente sea el Partido de Trabajadores Socialistas -con una larga tradición en el movimiento obrero, en la juventud y el movimiento de mujeres y con figuras políticas reconocidas nacionalmente como Nicolás del Caño y Myriam Bregman- es una muestra viva de que no es un camino de dirección única la primacía en la izquierda de corrientes como el Frente Amplio, el Podemos o Syriza. Que primen unas tendencias u otras depende de los resultados de la lucha entre fuerzas concretas: fracciones de clase y fracciones políticas, con programas y estrategias. Por fuera de eso las clases “no hacen nada” en periodos no revolucionarios. La explicación de la emergencia del Frente Amplio hay que buscarla más en las luchas políticas y sus resultados de desvíos y retrocesos producto de que las fuerzas que hoy lo componen apostaron por la moderación y la incidencia parlamentaria cuando eran fundamentalmente dirigentes estudiantiles y en el rol nefasto de la burocracia sindical de la CUT durante el gobierno de Bachelet, que le brindó una tregua a gobierno y empresarios. En ese lapso las fuerzas políticas referenciadas en la revolución y el socialismo -como lo es el Partido de Trabajadores Revolucionarios- no fuimos lo suficientemente fuertes para imprimirle otro curso a la lucha de clases abierta desde 2011. Constituye un error ver una simple relación acontecimiento y momento cero como hacen Mayol y Cabrera en su publicación sobre el Frente Amplio sin estudiar el papel de los programas y estrategias vivas que lucharon en ese periodo.[15]

En un viejo texto[16] Daniel Bensaïd y Alain Nair se esforzaban en diferenciar el sujeto teórico del sujeto político de la revolución. Teóricamente es la clase trabajadora la que realiza la revolución, pero el desenvolvimiento de esta realización es a través de una intensa lucha política donde la vanguardia organizada en partido pelea la dirección política del proceso y sectores cada vez más amplios de la clase a través de su experiencia son influenciados por la vanguardia en escenarios de crisis revolucionaria. No es un sujeto que actúa como tal por sí mismo, como lo podría hacer un individuo humano. No es una clase descubriéndose a sí misma sino corrientes políticas en pugna y fuerzas sociales en despliegue. Bensaïd comenta que después “de haber dilucidado el problema de saber cuál es el sujeto teórico de la revolución futura -no más el “pueblo” sino el proletariado- Lenin consagra toda su energía militante a darle el sujeto político indispensable. Se esfuerza incesantemente por delimitar la vanguardia y reagruparla en el partido socialdemócrata. Asignar al proletariado el papel de motor de la revolución significaba luchar contra los populistas, lo que implicaba comprender la naturaleza de la revolución sin todavía darse los medios para llevarla a cabo. Entre quienes admitían por entonces el rol histórico del proletariado, no todos comprendían de qué arma práctica necesitaba para “convertirse en lo que él es”: una clase.”[17] Y esta arma era el partido, la organización “así concebida como sujeto político”[18]. Bensaïd señala que “no es una pura forma: es el crisol de una voluntad política colectiva que se expresa mediante una teoría en permanente construcción y un programa de lucha.”[19]

Algunos años atrás en una presentación del libro de Trotsky, Stalin: el gran organizador de derrotas, Emilio Albamonte -dirigente del PTS- explicaba que “Trotsky polemiza contra los que opinan que la clase obrera debe administrar ‘sin dirigentes’ -como plantean compañeros anarquistas, populistas o autonomistas- ya que parten de una idealización inconsciente del capitalismo, pensando que una sociedad fundada en la esclavitud salarial puede elevarse a su independencia de clase sin una dirección que contenga a sus elementos más perspicaces y templados. Si esto fuera así, se podría lograr la transformación de la sociedad pacíficamente. Entonces la estrategia fabiana sería correcta y ser revolucionario sería un desastre. Sin embargo, la revolución es necesaria para arrancar a las masas populares del atraso y la ignorancia, y para que la revolución sea victoriosa deben ligar sus esperanzas y sus luchas a un partido que se haya convertido en la condensación de su propia lucha. Y esta dirección se forma a través de un largo proceso de selección y educación.”[20]

Condensación de su propia lucha: el partido no se identifica con la clase, no es tampoco un mero reflejo de la conciencia actual de la clase. Si se quedara en eso, no serviría para transformar la sociedad. Pero sí es una condensación de su propia lucha y en ese sentido el “afuera”, su exterioridad con respecto a la clase -que critica Löwy apoyándose en Walter Benjamin- no es absoluta sino relativa. Como veremos esta idea es clave para pensar la formación de un partido revolucionario en un tiempo en el que la revolución aun no se instala a la orden del día.

III

En nuestro tiempo -producto de derrotas y una ausencia de tres décadas- el signo de la revolución ha desaparecido de la conciencia de la clase trabajadora. ¿Cómo formar una organización revolucionaria en un tiempo no revolucionario como el actual? Bensaïd que antes de morir había renunciado al objetivo estratégico de un gobierno obrero y a la construcción de partido revolucionario, en su viejo escrito planteaba una idea certera, apropiándose de un planteamiento de Lukács: “el problema de la organización se torna realmente una cuestión actual cuando la revolución está a la orden del día, cuando ella no es más un simple sueño compensador, sino el objetivo unificador de todas las luchas cotidianas. Y de esa manera lo concibe Lenin. En sus primeros escritos, de 1894 a 1898, él se dedica a definir la naturaleza de la futura revolución: ¿cuál es la formación social contra la que combate? ¿Qué Estado debe ser destruido? ¿Qué clase debe ser vencida?”[21]

Hoy, para muchos, la revolución parece no estar a la orden del día. Concebir su posibilidad es producto de una concepción teórica que no nace espontáneamente de los sentidos comunes producidos por la clase dominante: el capitalismo pese a su complejización no ha logrado suprimir ni sus contradicciones internas ni la lucha de clases – ¿qué otra idea ha sido tan atacada en las últimas décadas? – Pero la actividad política no puede remitirse a una espera pasiva de una crisis que exacerbe esas contradicciones. Como decía Trotsky la idea de la lucha de clases es también un elemento que actúa en la lucha de clases real. Construir una organización revolucionaria centrada en la lucha de clases no es algo que podamos hacer por fuera de actuar en las peleas cotidianas de la clase trabajadora y otros sectores oprimidos y por fuera de realizar ensayos de influencia programática que tiendan a forjar una conciencia anticapitalista.

El libro de reciente publicación Estrategia socialista y arte militar tiene el mérito de desarrollar cuáles fueron los elementos constitutivos del bolchevismo desde el punto de vista de su fuerza moral, es decir, en el terreno de los elementos subjetivos configuraron su carácter como corriente política. Una de esas fuerzas morales “se emparentaba con la que Clausewitz denominó “virtud guerrera”, aquella que tiene un ejército que mantiene sus formaciones ordinarias bajo el fuego mortífero, que nunca se asusta ante un peligro imaginario y que disputa el terreno paso a paso ante uno real”. Esta virtud era para Clausewitz “una de las potencias más importantes en la guerra”. Sin embargo, no puede ser simplemente infundida por el Estado Mayor, debe conquistarse en la experiencia del combate. “Orden, destreza, buena voluntad cierta especie de orgullo y magnífica predisposición -dice Clausewitz- son cualidades de un ejército educado en la paz, que debemos estimar, pero su existencia ha de probarse””.[22]

Albamonte y Maiello relacionan esta virtud guerrera con dos aspectos que constituían la práctica del bolchevismo y que cumplieron el papel de prepararlo para la crisis revolucionaria: las escuelas de guerra y la ubicación de tribunos del pueblo[23]. Las escuelas de guerra tienen que ver con la posibilidad de hacer el ejercicio de lucha física en periodos de paz, es decir, cuando la lucha de clases todavía no da un salto a un estadio militar. Una huelga combativa pone a los trabajadores frente a la policía y el Estado. Eso enseña para procesos de mayor magnitud, forja y templa una vanguardia, otorgándole “virtud guerrera”. Por otro lado, actuar como tribunos del pueblo es la “preparación política”: la vanguardia realiza una denuncia política de la opresión y conecta esa denuncia con una impugnación del capitalismo y la importancia histórico-universal de la lucha emancipatoria del proletariado.

Esos principios de organización leninistas resultan determinantes para orientar la estrategia de una corriente revolucionaria en el siglo XXI que lucha por transformarse en un partido revolucionario de la clase trabajadora. Lo interesante de ambos conceptos es que no se trata de recetas organizativas abstractas, organigramas o sistemas de flujos informativos. No se trata de una “dictadura de los intelectuales” o de una “vanguardia ilustrada”. El primer concepto al mismo tiempo que se refiere a la educación de la militancia revolucionaria en el terreno vivo de la lucha de clases, se refiere a la gestación y a la educación de franjas de vanguardia la clase trabajadora como tal. A eso se refiere Clausewitz cuando dice que la virtud guerrera debe conquistarse en la experiencia misma del combate y no es algo infundido por el estado mayor. Por eso no da lo mismo, para quienes militamos en el PTR, cuando la conciencia de trabajadores y trabajadoras da saltos y el rol que podemos cumplir en eso. “La conciencia no es del mismo material que las fábricas, las minas, los ferrocarriles, sino que es más variable, y bajo los golpes de la crisis objetiva, puede cambiar radicalmente”[24] escribía Trotsky. Las escuelas de guerra son preparatorias en relación a esos momentos más definitorios en términos históricos. Cuando hay situaciones prerrevolucionarias o revolucionarias, las clases y sus instituciones actúan al desnudo, lo que se haya ensayado previamente será determinante, no da lo mismo si se forjó una dirección revolucionaria o no con centro en la lucha de clases en el periodo anterior. Por otro lado, actuar como tribunos del pueblo será clave si queremos preparar el camino para que la clase trabajadora se constituya en una clase hegemónica con dirección sobre otras franjas de la población oprimidas y con capacidad de unir sus filas rompiendo las barreras culturales, nacionales, contractuales, etc. Si la clase trabajadora no piensa corporativamente, sino que es capaz de ligar su combate a la lucha contra la opresión racista, nacional, cultural, de género: sólo así podrá aspirar a dirigir la sociedad y ganar aliados. Pero esa definición teórica no es nada si no se forja una corriente política concreta que realiza el ejercicio práctico de actuar como tribunos del pueblo, combinando combates en el terreno de la lucha de clases, la política y las ideas. Así como discutir sobre la “centralidad de la clase trabajadora” como sujeto por fuera de construir un partido que combata por unir sus filas en la lucha de clases es una discusión puramente escolástica, discutir sobre su capacidad hegemónica por fuera de la lucha programática presente es más bien una disquisición cuasi religiosa.

Estas concepciones de partido y de formación de una vanguardia obrera son las que guían la acción de las y los militantes trotskistas del Partido de Trabajadores Revolucionarios cuando en los lugares de trabajo nos negamos a aceptar despidos e impulsamos luchas de resistencia en común con trabajadores y sus familias que se cansaron de aceptar la voluntad empresarial como el único destino posible. Estas concepciones guían nuestra acción cuando marchamos el 26 de septiembre en común con los despedidos de FCAB y otros sectores, contra los despidos y la contaminación, en las calles de Antofagasta, desde la municipalidad hasta Avenida Salvador Allende, repudiando al grupo Luksic.

Combatir en el movimiento de mujeres nacional e internacionalmente a través de la agrupación de mujeres Pan y Rosas, desde una perspectiva socialista, por el aborto legal. Ligar el programa del control obrero y la planificación de la producción con el combate a la contaminación descarnada de los grupos económicos locales y extranjeros que se hacen millonarios en base a una economía rentista y mono exportadora. Luchar políticamente con las corrientes que quieren constreñir los marcos de lo posible a los tiempos parlamentarios y electorales desconectados de la lucha de clases, como hace el Frente Amplio. Todo esto es preparatorio en la tarea de construir un partido revolucionario. Lejos de una prédica doctrinaria, el marxismo revolucionario pone en el centro la acción.

[1] Trotsky, León; “A 90 años del Manifiesto Comunista”, en El programa de transición y la fundación de la IV Internacional; Buenos Aires, ediciones IPS, 2017, p. 27.

[2] Trotsky, León; op.cit; p. 28.

[3] “Ahora bien, ¿de qué sirve para la estrategia revolucionaria una teoría que solo nos puede orientar cuando la situación ya está definida para un lado o para el otro? […] la guerra no puede ser comprendida ni como pura planificación y cálculo ni como puro odio y azar. La crítica de Luxemburgo a Kautsky se orienta en este mismo sentido.” Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, Estrategia socialista y arte militar; Buenos Aires, ediciones IPS, 2017, pp. 53 y 54.

[4] http://ideasdeizquierda.laizquierdadiario.cl/2018/politica/algunas-concepciones-frenteamplistas-el-extravio-de-la-lucha-de-clases/

[5] Eagleton, Terry, “Prefacio”, en Ross, Kristin; El surgimiento del espacio social. Rimbaud y la Comuna de París. Madrid, Ediciones Akal, 2018, p. 6.

[6] Eagleton, Terry, op.cit; p. 6.

[7] Eagleton, Terry, op.cit; p. 7.

[8] Ídem.

[9] Ídem.

[10] Citado en Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, Estrategia socialista y arte militar; Buenos Aires, ediciones IPS, 2017, p. 13.

[11] Edición digital en http://www.anticapitalistas.org/IMG/pdf/Benjamin-TesisDeFilosofiaDeLaHistoria.pdf

[12] Edición digital en https://fragmentosfotograficos.files.wordpress.com/2014/10/lowy-michael-walter-benjamin-aviso-de-incendio.pdf

[13] Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, op.cit. p. 66.

[14] Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, op.cit. p. 67.

[15] Ver https://www.laizquierdadiario.cl/La-ilusion-retrospectiva-del-Frente-Amplio

[16] Bensaïd, Daniel; Nair, Alain; “A propósito del problema de organización: Lenin y Rosa Luxemburg”, en Teoría marxista del partido político II. (problemas de organización), ediciones Pasado y Presente, México D.F.

[17] Bensaïd, Daniel; Nair, Alain, op.cit. p.19.

[18] Bensaïd, Daniel; Nair, Alain, op.cit. p.16.

[19] Bensaïd, Daniel; Nair, Alain, op.cit. p.20.

[20] http://www.ceipleontrotsky.org/Presentacion-del-primer-tomo-Stalin-el-gran-organizador-de-derrotas

[21] Bensaïd, Daniel; Nair, Alain, op.cit. p.20. p.10.

[22] Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, op.cit. p.111.

[23] Albamonte, Emilio; Maiello, Matías, op.cit. pp. 111 y 112

[24] Citado en Varela, Paula; La disputa por la dignidad obrera, Imago Mundi, Buenos Aires, 2015, p. 149

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