¿Se debe impulsar la renuncia del ministro Chadwick?

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Colaboración  de Maximiliano Rodríguez.

 

 

La muerte del joven comunero mapuche Camilo Catrillanca ha desatado una ola ciudadana de legítima indignación a lo largo del país. Pero eso no es todo. Lo más importante es que ha abierto también un escenario de fuertes fricciones entre las distintas expresiones políticas burguesas que se disputan la conducción del capitalismo chileno, instalando así un verdadero impase al interior del bloque dominante.

 

En el fondo, el hecho –y la serie de reacciones gatilladas– ha generado un serio cuestionamiento a la capacidad del piñerismo por llegar a constituirse, a los ojos del gran capital, en la fracción conductora del período de administración civil post transicional.

 

En efecto, el conflicto mapuche es uno de los cabos sueltos que el período transicional que condujo en su mayor parte la Concertación dejó sin resolver. Hoy la reivindicación nacional del pueblo mapuche es la expresión más avanzada de las luchas populares en Chile, constituyéndose en un verdadero dolor de cabeza para la burguesía criolla.

 

Una de las misiones que el piñerismo se propuso al acceder al ejecutivo fue el ofrecerle al gran capital una solución de largo alcance al problema que otras fracciones burguesas no pudieron llevar cabo. Es en este contexto que el gobierno se encontraba en pleno proceso de implementación de un ambicioso plan de acción que combina el garrote y la zanahoria, articulando a distintos actores tras los intereses del gran capital.

 

El actuar autónomo que han cobrado las fuerzas represivas en la zona de la Araucanía ha puesto en entredicho la subordinación de Carabineros al poder civil de la burguesía, dejando entre las cuerdas a la dupla Chadwick-Ubilla. Esto a su vez repercute sobre la eventual viabilidad de la implementación del “Plan Araucanía”, que por el lado de la zanahoria impulsa el ministro de Desarrollo Social Alfredo Moreno. En él, precisamente, el gobierno ha cifrado sus esperanzas para proyectar el legado del piñerismo en una eventual próxima administración derechista.

 

Así, la viabilidad del piñerismo como un proyecto de largo alcance para el período, como en su momento lo representó la Concertación, depende en gran medida del éxito del plan que se le ha encomendado al ministro Moreno. Sin embargo, este necesita del establecimiento de una paz relativa en la región y de tiempo para rendir sus primeros frutos. Es por esto que la resolución de la crisis abierta por la muerte del joven mapuche tiene tanta importancia.

 

Los cuestionamientos al ministro Chadwick golpean directamente al corazón del piñerismo. Aparte de estar unido por lazos familiares con Piñera, el ministro forma parte del anillo cero dentro del equipo de confianza del presidente. Esto lo saben el resto de las fracciones burguesas en disputa, las cuales ya se frotan las manos esperando sacar dividendos políticos a costa de la desgracia del pueblo mapuche. Mal que mal siempre hay unas próximas elecciones a la vuelta de la esquina y la posibilidad de acceder al gobierno con estos traspiés de la fracción adversaria.

 

En este contexto de pugnas inter burguesas es que sectores de la izquierda levantan la consigna de renuncia del ministro Chadwick, llamando a movilizarse activamente tras ella. Pero, ¿es correcta? ¿Es una línea táctica adecuada? A pesar de su aparente radicalidad, lamentablemente no lo es.

 

La reivindicación nacional del pueblo mapuche es algo que –por las características concretas que toma la acumulación capitalista en Chile, fuertemente anclada en la explotación rentista-exportadora de recursos naturales, y por la alianza de clases que en consecuencia toma cuerpo en el bloque dominante, en donde precisamente son hegemónicas fracciones capitalistas que viven de la explotación forestal de la zona (Angelini, Matte, etc.)– no tiene solución posible mientras sea la burguesía la clase que detente el poder político en el país.

 

No hay forma de que el problema sea resuelto, simplemente porque este hunde sus raíces en las características estructurales de la forma de funcionamiento del capitalismo chileno y en la fisonomía de la burguesía criolla. Hay que partir reconociendo esto.

 

En este sentido, siendo un hueso duro de roer –recordar que es un avezado político venido de las entrañas mismas del pinochetismo–, el ministro Chadwick podría eventualmente caer, sin que ello vaya a cambiar en algo la situación de ocupación colonial que el Estado chileno ha establecido en el Wallmapu. Tras él vendrían otros personajes de similar o peor calaña dispuestos a tomar la posta. Todo el sistema político chileno podría ser puesto patas arriba, sin que por ello algo vaya a cambiar en lo más mínimo. Los mismos hechos van a seguir produciéndose una y otra vez. La suerte del pueblo mapuche está echada.

 

¿Qué se saca entonces al levantar la consigna de renuncia de Chadwick? Nada, salvo dar una señal errónea al pueblo chileno. Indirectamente con ella la izquierda le dice a este que es posible torcer el curso profundo de la política burguesa –donde precisamente no hay vacilaciones del bloque en el poder– cambiando personajes.

 

Además, y lo que es peor, hipoteca su escasa base de apoyo popular al ponerla a disposición de las disputas fraccionales de la burguesía, que demagógicamente derrama lágrimas por la tragedia del pueblo mapuche. Así, en la práctica, la izquierda termina cumpliendo el rol de grupo de choque del progresismo burgués en su marcha por volver a La Moneda lo antes posible.

 

¿No hay nada que hacer entonces? ¿Hay cruzarse de brazos y resignarse ante el horror? ¡No! Al contrario, hay mucho por hacer. Es el momento de encauzar la justa rabia e indignación que se ha hecho sentir en todo Chile. Que esta se haga extensible a los sectores populares.

 

La izquierda debe levantar una posición independiente, propia de las clases trabajadoras y el pueblo chileno, frente a las disputas burguesas. Debe educar sistemáticamente a su clase bajo el siguiente programa:

 

1º Retiro inmediato de las fuerzas de ocupación del Estado chileno del Wallmapu; y

 

2º Derecho a la autodeterminación del pueblo mapuche.

 

Los trabajadores y las clases populares deben asimilar la enorme responsabilidad histórica que cargan sobre sus espaldas. A ellas compete, porque solo ellas pueden, poner verdaderamente fin a la tragedia que aqueja al hermano pueblo mapuche.

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