Reseñas y comentarios de libros: Marx, el Estado y la política, de Antoine Artous

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Por Vicente Mellado

Marx, el Estado y la política de Antoine Artous. Su edición original en francés se titula, Marx, l’état et la politique, publicada por Syllepse en 1999. La traducción en español correspondió a Thomas Callegari y Jonathan Rocca Funes. Se publicó por la editorial catalana Sylone en 2016, contiene 429 páginas, incluyendo bibliografía e índice analítico.

            La reciente traducción del libro al español ha permitido reactivar el debate al interior de la intelectualidad de izquierda y algunas corrientes políticas identificadas con el marxismo, acerca de cómo pensar la transición al socialismo en las sociedades capitalistas de “rasgos occidentales”. Esta breve reseña tiene por objetivo incentivar el estudio del Estado capitalista y los regímenes democráticos parlamentarios desde una óptica crítica que —después del fracaso de los “socialismos reales”— tenga como fin formular vías alternativas al comunismo en el siglo XXI.

            La obra de Artous tiene por objetivo sentar la importancia de la representación política en la transición al comunismo. Para ello estableció una relación entre la relación salarial, las formas jurídicas y la representación política. Esta última constituye el eje más importante de su obra. Sostiene que Marx esbozó una teoría del Estado moderno como Estado representativo, rompiendo con las antiguas formas de poder premoderno. Según el autor, este esbozo de la teoría del Estado se encontraría en los escritos de Marx de la década de 1840, en particular la Crítica de la Filosofía del Estado de Hegel (1843) y La Cuestión Judía (1843). El Estado moderno se define por un esqueleto institucional integrado por dos aspectos: en primer lugar, por la burocracia entendida como “jerarquía del saber”, legitimada por su competencia y no por estatus sociopolíticos propios de las sociedades premodernas. En segundo lugar, la ciudadanía y la igualdad de derechos reconocidos jurídicamente, donde los individuos son libres e iguales, dejando de ser reconocidos por su estatus. Ambos aspectos son indisociables de la existencia del Estado capitalista o moderno. El reconocimiento de los individuos como ciudadanos con igualdad de derechos constituye el fundamento de la política moderna. Este proceso se conoce como abstracción política y constituye el elemento fundamental que caracteriza la modernidad capitalista: el individuo moderno es aquel que se abstrae (se separa) de sus condiciones y relaciones sociales, pasando a definirse por sí mismo. De este modo, el Estado moderno es un Estado abstracto ya que la comunidad política está compuesta por individuos iguales, sin importar el vínculo de estos con los medios de producción.

No obstante el esbozo planteado por Marx en sus escritos de la década de 1840, según Artous, a partir de El Capital (1867) es posible definir el Estado Moderno deduciéndolo de las relaciones de producción capitalistas. Si bien Marx no elaboró una teoría de conjunto del Estado moderno, es posible extraer elementos analíticos de El Capital que permiten avanzar en esa tarea. Las relaciones de producción capitalistas modificaron de modo radical la relación entre el Estado y las actividades productivas existentes hasta ese momento histórico. A diferencia de las formas de producción precapitalistas, el capitalismo es el primer modo de producción que otorgó predominancia a las actividades económicas como determinantes de las relaciones sociales. La especificidad de las relaciones de producción capitalistas puso de manifiesto dos dimensiones de lo social que se homologan con el doble carácter del Estado representativo esbozado en los escritos de juventud (ciudadanía y burocracia). Primero, la mercantilización de las relaciones sociales transforma a los individuos como agentes de intercambio libres e iguales. Segundo, la separación de los  productores directos de sus propios medios de producción, implica la introducción de la división social del trabajo en el proceso productivo, donde el productor directo pasa a ser un proletario que pierde su autonomía en provecho de un poder jerarquizado que concentra la inteligencia del proceso de trabajo, lo que se denomina despotismo de fábrica. Para Artous, la homologación entre agentes de intercambio/ciudadanos libres e iguales y burocracia/despotismo de fábrica, es manifiesta. Sin embargo, el autor advierte que Marx nunca estableció esta vinculación para reformular su teoría del Estado. Por el contrario, insiste en deducir el Estado moderno de la especificidad de las relaciones de producción capitalistas profundamente investigadas por Marx en El Capital y los Grundrisse (1857-1858).

La obra se divide en cuatro partes. La primera se introduce en los planteamientos de Marx en la Crítica de la filosofía del Estado de Hegel y La Cuestión Judía para definir “la política moderna como abstracción”. En la Crítica…—según Artous—, Marx afirmó que lo novedoso de la sociedad moderna es la separación del Estado de la sociedad civil, constatando que en el Estado separado el ser humano lleva una vida conforme a su naturaleza, mientras que en la sociedad civil (burguesa) el ser humano es un individuo aislado y egoísta.  A diferencia de la Crítica…, en La Cuestión Judía, el centro no está puesto en la relación conflictiva  Estado/sociedad civil, sino que en el de la ciudadanía/ser genérico. Nótese que en estos textos, Marx no habla de proletariado, sino del individuo como ser genérico. En cuanto a la burocracia, esta se define como la otra cara del Estado político separado, es decir, es indisociable del proceso de constitución de este. Al final de la primera parte, Artous establece a partir de la lectura de El Capital, cómo bajo el capitalismo la universalización de la forma de trabajo abstracto y la abstracción política —y su traducción en el Estado representativo— son parte del mismo proceso histórico que define a la modernidad: el sometimiento de los individuos a abstracciones.

En la segunda parte, Artous establece la relación estrecha que existe entre el Derecho y las relaciones de producción capitalistas. El derecho se define como la forma en que se organiza el vínculo social de la sociedad burguesa. El autor analizó algunos abordajes de Marx respecto a la distinción entre derechos humanos y derechos ciudadanos y la extensión del sufragio. Respecto a lo primero, en la Cuestión Judía, los derechos humanos se limitarían a reproducir al “hombre egoísta”, mientras que los derechos ciudadanos, en tanto que derechos políticos, aunque ilusorios, abren la posibilidad de una “comunidad humana verdadera”.  En cuanto al sufragio universal, Marx habría concebido su extensión como fundamental para disolver la sociedad civil burguesa. Debatiendo diversas problemáticas en torno al Estado con Pasukanis, Althusser, Poulantzas y Balibar, Artous afirmó que lo que estos no lograron identificar como aspecto distintivo de las relaciones de producción capitalistas es la relación salarial en su forma jurídica. De allí la importancia del Estado como “eslabón intermedio” que asegura las condiciones de producción y reproducción de la relación salarial. Por esto, el autor afirmó que el Derecho constituye la otra cara de las relaciones de producción capitalistas. La función del Estado capitalista es garantizar el paso entre la circulación de la compra/venta fuerza de trabajo a el lugar de la producción de mercancías, donde la fuerza de trabajo es sometida al capital mediante la relación salarial consagrada por el contrato.

La tercera parte aborda la problematización del Estado como producto histórico de la lucha de clases. Artous realizó un riguroso análisis de las obras de Marx La Lucha de clases en Francia (1850)  y el 18 Brumario de Luis Bonaparte (1852). A partir de estas lecturas se analiza la política en Marx como el momento de la voluntad consciente; la relación entre las distintas clases sociales en pugna; el concepto de bonapartismo; la significación política del sufragio universal para Marx; el rol de la burocracia del estado como medio para organizar la dominación de la clase burguesa; el análisis de las distintas trayectorias nacionales en la conformación del Estado y la relación con las clases en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Alemania. En el capítulo final de la tercera parte, el autor analizó la clásica —y criticada por “reduccionista”— definición de Estado burgués en Marx como instrumento de la clase dominante. Debo decir que logró reconstruir mediante una rigurosa contextualización histórica, a qué se refería Marx en el Manifiesto Comunista (1848) cuando decía que el “Gobierno moderno no es sino un Comité administrativo de los negocios de la clase burguesa”. La explicación reside en que para 1848, en Francia existió un vínculo orgánico entre la burguesía y el Estado. Para Marx, la Monarquía de Julio de 1830 constituyó la única adecuación sociológica entre burguesía y su poder político (“la monarquía constitucional como “poder político exclusivo” de la burguesía). No obstante, Artous también recurre a Principios del Comunismo (1847)  de Engels para sostener dicha afirmación, ratificando el criterio —que atraviesa toda su obra— de confundir de vez en cuando las definiciones de Marx con las de Engels, siendo que este último no fue coautor de todas las obras de Marx. El problema metodológico y teórico de esto —sin buscar establecer una oposición entre Marx y Engels— reside en perder de vista lo que precisamente se propuso el autor: dar a conocer qué es lo que específicamente Karl Marx sostuvo al respecto.

En la cuarta parte Artous plantea el gran problema estratégico de la transición del capitalismo al socialismo, abordando las discusiones teóricas en torno a la dictadura del proletariado y la extinción del Estado, y la extinción del Derecho y la socialización de la producción. El autor se remite de modo riguroso en qué obras Marx utilizó los conceptos mencionados y qué entendió por ellos. En esta parte de la obra, Artous realizó una larga digresión integrando los debates de Lenin y Trotsky acerca de la dictadura del proletariado y la democracia soviética en la transición al socialismo. Uno de los ejercicios analíticos que realiza el autor fue la comparación entre la Comuna de París de 1871 y los soviets de Rusia de 1905 y 1917, ambos definidos como nuevas formas de representación del cuerpo social. Aquí se deja entrever el contraste entre ambas experiencias por la función política que cumplió el sufragio universal. En la primera, Marx lo describió como parte de un programa democrático radical que se asentaba en los individuos en general, colocando en el mismo plano a los distritos urbanos y los rurales; en la segunda, los bolcheviques lo definieron como parte de un programa de la revolución proletaria en el cual el derecho a voto deriva del estatus social, entregando mayor poder de votación a la ciudad sobre el campo para favorecer a la clase obrera y asegurar su hegemonía. A diferencia de la organización de la comuna parisina, basado en distritos urbanos y rurales, el soviet se organizó en base a la gran industria. Finalmente, el autor retorna a Marx y Engels para definir con precisión que entendieron ambos por extinción del Estado, estableciendo un diálogo con Lenin y Pasukanis. En este debate cobra gran relevancia la reivindicación de algunos mecanismos de representación política propios del Estado moderno y de la tradición radical de la revolución burguesa como fundamentales en la transición al comunismo, los que no deben ser considerados como meros postulados liberales burgueses. Por ello la valoración de las medidas democrático radicales llevadas a cabo en la comuna de París y de la democracia en términos generales, quedando esta última reivindicación en la ambigüedad.

Habiendo expuesto algunos de los elementos principales de la obra de Artous, creo que constituye un aporte para pensar el desarrollo de una teoría marxista del Estado en el siglo XXI. No obstante, también exige ser sometido a crítica desde el marxismo, en vista de la variedad de problemas teóricos que colocó en discusión, muchos de los cuales exigen ser revisados y profundizados.

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