Reseña de “Revolucionarios y parlamentarios. La cultura política del Partido Obrero Socialista, 1912-1922”

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En la formación de la “cultura política del movimiento obrero chileno” entre fines del siglo XIX y las dos primeras década del siglo XX, hubo dos grandes “agentes movilizadores”. De un lado, “los intentos de las clases dominantes”. Del otro, los propios “esfuerzos de los trabajadores”, con al menos tres grandes vertientes, la anarquista, la mutualista y la socialista.

En este trabajo, su autor se centra en esta última. El concepto de “cultura política” le servirá para evitar centrarse solamente en las cuestiones programáticas o sus grandes figuras, como Recabarren, y centrarse en “la actuación de los y las militantes, tanto en su esfera discursiva como práctica”.

Entre las particularidades del POS está la de reunir la acción política, sindical y (de movilización) social –a diferencia de anarquistas y gremialistas, que no actuaban en el ámbito político (partidista). Un discurso fuertemente “obrerista”: “que las y los trabajadores tuvieran un organismo de representación política” que fuera dirigido por elementos de la misma clase”. Su fin era “representar a los trabajadores en la lucha anticapitalista”, su intención la de “derrocar al régimen capitalista y de situar a los trabajadores en la dirección del país como representantes de los sectores populares”.

Su desarrollo fue fruto de diferentes iniciativas: la fundación en Iquique en junio de 1912, después llevada a Santiago y Valparaíso, con militantes provenientes del Partido Democrático (PD), de un lado; y la fundación del Partido Socialista Chileno en mayo de 1912 en Punta Arenas.

También fue fruto de disputas con las otras corrientes existentes, anarquistas y mutualistas, por lo que llevó adelante una “estrategia de diferenciación”.

Sitúa este estudio las elecciones parlamentarias y municipales de 1918 como un “momento crítico” en “la formación de la cultura política socialista”.

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La lucha por la “diferenciación” no era solo construcción de una identidad propia, sino una lucha por la hegemonía al interior de la clase trabajadora. Parte de esta lucha fue por la participación política de los trabajadores en el régimen existente, que el autor denomina de “regeneración del sistema democrático” –contra el PD y su integración al repudiado régimen con su “forma oligárquica de hacer política”, y contra la “anti-política” de los anarquistas; y que es a la vez una lucha contra la hegemonía política de los sectores dominantes.

Buscaban “la completa transformación de la sociedad capitalista en colectiva o común”, donde la participación política era un aspecto, el otro seguía siendo la organización sindical y las huelgas, el impulso de movilizaciones sociales como los mitines contra la carestía de la vida, y la formación de cooperativas.

Uno de los primeros pasos fue el “ajuste de cuentas” con el PD del cual provenían. El otro, la polémica con los anarquistas, reivindicando la “acción política” entendida como “acción revolucionaria legal” en contraste con la “acción revolucionaria violenta propia del pasado”, así, “desdeñaba la violencia política”, estando “imbuído de una visión evolucionista”, que incluía la ilusión de poder “convencer” a los burgueses de la superioridad del socialismo. De conjunto, “la ‘revolución’ socialista transitaba más bien por el camino de una pedagogía cultural … y política”.

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No resultarían indiferentes estas definiciones. Ante la prueba de la huelga general en Valparaíso de 1913, el POS de Iquique seguía en su tarea de organización local y mitines del hambre rechazando realizar huelgas en solidaridad; los socialistas de Magallanes sí realizaron un paro de 24 horas en solidaridad; los socialistas de Valparaíso actuaron heterogéneamente, con un sector involucrándose en la huelga activamente y otro buscando hacer de mediadores entre la empresa y los huelguistas, aunque no fue este último el sector que prevaleció.

Sin embargo, el POS continuaría con un fuerte trabajo de fortalecimiento de organizaciones sindicales, de las sociedades de resistencia que impulsaron importantes huelgas, como la de los trabajadores de la imprenta, que los fortalecieron. En 1914 el impulso de mitines contra la carestía de la vida. Y en 1915 la participación en las elecciones en Valparaíso (también participarían en Iquique, en Santiago y otras ciudades, pero aún no había relaciones orgánicas entre los distintos grupos de socialistas). Excepto en el Norte, y en Santiago que eligieron al único regidor socialista, los resultados fueron malos, pero no cambiaron sus perspectivas. Aunque había también fuertes disputas internas entre los socialistas de Santiago y los del Norte con Recabarren, a quienes les criticaba su propensión a alianzas con no socialistas, sus encuentros hasta con el Presidente de la República, su falta de participación en huelgas obreras, en resumen una práctica muy parecida a la del PD; incluso los propios socialistas de Santiago se dividieron en dos.

Esta fuerte heterogeneidad, de la mano de los avances de los socialistas en todo el país, y con el trasfondo de los mitines contra la carestía de la vida, llevaron a la realización del primer Congreso del POS. Definiendo el socialismo como fin, el carácter de clase del partido y la lucha de clases en vez del “problema social”, mantuvieron sus concepciones evolucionistas. Y se constituyeron como partido nacional con una Declaración de Principios y un Comité Ejecutivo Nacional. Reafirmaron también su “triple estrategia socialista: política, sindical y cooperativa”. En Magallanes, el peso de los socialistas era menor, por el enorme peso de la Federación Obrera de Magallanes (FOM). Y no se hicieron parte de esta constitución nacional del POS.

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Entre 1916 y 1918 se consolida la actividad de movimiento obrero, y el POS adquirirá un carácter más combativo. Su bastión estaría entre los trabajadores ferroviarios. Y batallarían por una refundación “clasista y combativa” de la Gran FOCH. La mayor y más combativa actividad huelguística en el movimiento obrero signaría 1916 como año de consolidación del POS y 1917 como el de su consolidación en el movimiento obrero.

Y todo este cambio en el PS cuajaría, según el autor, en las elecciones de 1918, que “fueron comprendidas por los socialistas como de vital importancia”.

Aunque los resultados fueron modestos (en las parlamentarias, algo mejor en las municipales), para el POS no se trataba de insertarse en la institucionalidad, sino “efectuar transformaciones en la sociedad que beneficiaran directamente a los sectores populares”. Por eso, “desde su aparición en 1912 hasta 1918, existió una continuidad en la línea política del POS”, ni la revolución rusa alteró “la confianza en la institucionalidad política” y el “socialismo parlamentario del POS se comprendió como revolucionario”.

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De conjunto, concluye que se trataba de la “configuración en el mundo obrero de la opción por la política institucional con una lectura clasista”, y que los socialistas fueron “fundamentales para posicionar a los sectores populares como sujetos ‘de’ y ‘en’ la política”.

Sin embargo este posicionamiento tiene otros ángulos para abordarlo. Con todo lo productivo que pudiera ser el enfoque desde la “estrategia de diferenciación política” para su constitución, otro posible es, no tanto el más amplio de la formación de una “cultura política”, sino la de los fines, y las posibilidades de la formación de un partido revolucionario. Como el mismo autor va señalando, la recomposición (desde la derrota de 1907) del movimiento obrero, y que culminaría con los grandes mitines del hambre y la formación de la AOAN y la crisis del régimen de los años que siguieron, fueron pruebas de la realidad de la lucha de clases, decisivas para pensar la clase obrera no como “sujeto” en sí mismo, sino como sujeto revolucionario. Para la lucha anticapitalista, que el autor señala al inicio de su trabajo como característica del POS, indagar las enseñanzas en la larga historia de la clase trabajadora chilena por construir sus propios partidos y aquel objetivo, es una tarea todavía pendiente.

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