¿Es posible hablar de “verdad objetiva” en el pensamiento marxista?

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Juan Valenzuela

Una distorsión típica del pensamiento de Marx, consiste en presentarlo como un “materialista contemplativo”. Según esta visión, la concepción del mundo en Marx (su filosofía) consistiría básicamente en reconocer la existencia de la materia; y en distinguir, por un lado, esa realidad externa, y por otro, la consciencia, en la que se reflejaría la realidad material. La verdad -como concepto- sería la correspondencia entre la representación consciente del objeto y el objeto mismo, correspondencia que se propiciaría a partir de la observación.

Todas estas disquisiciones, en realidad nada de marxistas y nada de científicas, están lejos de lo que pensaba el propio Marx. Por ejemplo, en las “Tesis sobre Feuerbach”, escribía: “El problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva, no es un problema teórico, sino un problema práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío, la terrenalidad de su pensamiento. El litigio sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento que se aísla de la práctica, es un problema puramente escolástico.”

En esta cita, Marx establece claramente la vinculación entre la práctica y el carácter objetivo de una verdad. Dicho en términos quizá excesivamente simples: para Marx quién no actúa, no puede conocer.

Quien se la pasa largas horas debatiendo “que esta estrategia es más correcta que esta”, sin someter sus afirmaciones a la prueba de los acontecimientos, es un escolástico, un charlatán sofisticado. Por otro lado, esta tesis de Marx, establece claramente una posición: sí existe la verdad objetiva. Marx se sitúa lejos no sólo del kantismo sino también de Nietzsche y su visión del ser humano como un animal que inventa metáforas arbitrariamente que luego trastoca en conceptos del saber. Sí existen verdades objetivas y la práctica las corrobora como tales.

Esta concepción de la verdad objetiva, fue defendida también por Engels, el camarada, amigo y colaborador más cercano de Marx. Discutiendo contra los escépticos más célebres de su tiempo, Engels escribía que hay una serie “de filósofos que niegan la posibilidad de conocer el mundo, o por lo menos de conocerlo de un modo completo.

Entre ellos tenemos, de los modernos, a Hume y a Kant, que han desempeñado un papel considerable en el desarrollo de la filosofía. Los argumentos decisivos en refutación de este punto de vista han sido aportados ya por Hegel, en la medida en que podía hacerse desde una posición idealista; lo que Feuerbach añade de materialista, tiene más de ingenioso que de profundo. La refutación más contundente de estas extravagancias, como de todas las demás extravagancias filosóficas, es la práctica, o sea, el experimento y la industria. Si podemos demostrar la exactitud de nuestro modo de concebir un proceso natural reproduciéndolo nosotros mismos, creándolo como resultado de sus mismas condiciones, y si, además, lo ponemos al servicio de nuestros propios fines, damos al traste con la «cosa en sí» inaprensible de Kant.” Este texto de Engels, en el que polemiza contra un concepto de la verdad puramente contemplativo, es de 1886. En un prólogo de 1888 a este texto publicado con el título “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana”, Engels señala en relación a las “Tesis…” y su decisión de publicarlas como un anexo a su propia elaboración: “he encontrado en un viejo cuaderno de Marx las once tesis sobre Feuerbach que se insertan en el apéndice. Trátase de notas tomadas para desarrollarlas más tarde, notas escritas a vuelapluma y no destinadas en modo alguno a la publicación, pero de un valor inapreciable, por ser el primer documento en que se contiene el germen genial de la nueva concepción del mundo.” La continuidad entre el Engels de 1888 y el Marx de 1844 es, en este aspecto, explícita. Al menos debería dar para pensar a los que persisten en ver una oposición entre ambos, y que reproducen lugares comunes en torno a un supuesto Engels mecanicista.

Esta concepción clásica del marxismo encontrará continuidad durante el siglo XX en el pensamiento estratégico de León Trotsky. En “Lecciones de octubre”, escrito en septiembre de 1924, discutiendo contra los amantes de las generalizaciones abstractas y de las discusiones estrictamente argumentales que comenzaban a hacer nata en el Partido Comunista de la Unión Soviética, en proceso inicial de burocratización, escribía: “Ocuparse ahora de apreciar los diferentes puntos de vista sobre la revolución en general y sobre la Revolución Rusa, en particular, pasando por alto la experiencia de 1917, supondría entregarse a una escolástica estéril en vez de emprender un análisis marxista de la política. Sería actuar al igual de individuos que discutieran las ventajas de los diversos métodos de natación, negándose obstinadamente a mirar el río donde los nadadores los aplican. No hay mejor prueba de los puntos de vista revolucionarios que la aplicación de ellos durante la revolución, así como el método de la natación se comprueba mejor cuando el nadador se arroja al agua.”

Lejos de cualquier “recetario”, los marxistas revolucionarios construimos una estrategia basándonos en la práctica y la experiencia histórica. Es el único modo de descubrir qué “pensamientos” son más verdaderos objetivamente. Pero la historia no ha transcurrido en vano. Es posible aprender de esas prácticas y experiencias pasadas. Quién se proponga combatir por la revolución en el siglo XXI necesita ese aprendizaje.

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