De miopías y utopías: debates con Izquierda Autónoma sobre el movimiento de mujeres

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Bárbara Brito, Ex Vicepresidenta FECh 2017

En el segundo mandato de Sebastián Piñera estalló lo que los medios llamaron “la ola feminista”. La izquierda no ha cesado de elaborar textos explicando el carácter y composición de la movilización, sus demandas y propósitos, que son discutidos a través de los medios de comunicación, prensa independiente, redes sociales, en las aulas universitarias y escolares y, también, a través de las herramientas propias de las organizaciones políticas. Izquierda Autónoma reeditó hace poco la revista ContraTiempo y la estrenó con un dossier de debate feminista. Aquí buscamos realizar un debate de estrategias con las ideas vertidas en algunos de los artículos de sus militantes de la Fundación Nodo XXI a propósito de la movilización feminista.

El carácter de la movilización y la miopía de Izquierda Autónoma

Izquierda Autónoma realizó una lectura donde el neoliberalismo actúa como corriente exógena al movimiento feminista o de mujeres. Mientras a este último Camila Miranda le atribuye características subversivas: “pone en cuestión las desigualdades sociales que se asientan en las naturalizadas divisiones sexuales del trabajo”1, o que “deja expuesta la imposibilidad de la democracia y de la libertad en un orden en que los intereses empresariales determinan la política y la vida social completa”2; al neoliberalismo le imputa la profundización de “las políticas segregadoras y discriminatorias que organizan la sociedad”3.

Si bien el movimiento actual ha avanzado en la desnaturalización de la violencia contra las mujeres y ha propuesto modificaciones en el ámbito educativo –enfoque transversal de género en el currículum de universidades y escuelas, protocolos que puedan canalizar las denuncias por acoso sexual al interior de los establecimientos; cátedras de género, entre otras demandas— tiene por principal contradicción allanar el camino a un posible fortalecimiento de nuevas medidas punitivas que encierren la lucha contra la violencia machista en las mismas instituciones que la promueven, es decir, el Estado.

El esquema monolítico que propone Izquierda Autónoma se diluye ante la configuración de un movimiento contra la opresión que es por definición policlasista y, por tanto, la tensión de si puede o no servir para el fortalecimiento del régimen se manifiesta como disputas intestinas. Esto se da en el marco de que el Estado capitalista y las democracias burguesas –durante las últimas décadas– han desarrollado la capacidad de “ampliarse” cooptando demandas de movimientos sociales. De esta forma toda caracterización sustancialmente positiva y acrítica del movimiento contiene un velo que oculta la posibilidad real del fortalecimiento de algunas instituciones punitivas del Estado, aun conteniendo en sí tendencias hacia su contrario: el avance al cuestionamiento estructural de la sociedad capitalista y patriarcal. ¿De qué depende el avance hacia uno u otro sentido?

Marxismos sin contradicciones o anti-marxismos

En ocasiones el marxismo es tensionado hasta límites insalvables, es el caso de Izquierda Autónoma quienes en más de una ocasión se han autodenominado –a ellos y a su corriente– como parte de una tradición del “marxismo heterodoxo” o de un “marxismo anti-dogmático”. Lo curioso es que su lectura de la realidad carece de un punto de partida fundamental para trazar una hoja de ruta desde el marxismo: las contradicciones que atraviesan a este sistema, condición de posibilidad para delinear un camino para su superación revolucionaria. Así el movimiento de mujeres se constituiría, bajo su visión, también como un movimiento puro, horizontal, sin partidos ni influencias del régimen. Y en su pureza, toda conquista emergería como el avance progresivo hacia un fin que Camila Miranda identifica como “la redefinición de los términos de la humanidad” y Camila Rojas, más allá, se aventura por el socialismo4.

No obstante, fue recién en una declaración emanada a mediados del mes de julio que elaboraron la primera discusión crítica –y autocrítica, dicen– centrada en “la incapacidad de articulación real de las actrices movilizadas en pos de una demanda común (…) las posiciones de algunos sectores esencialistas, anti-partidistas y de aquellos que apostaron por la mera protocolarización del conflicto desde una perspectiva punitivista” y “la incapacidad del Confech de ser una herramienta para la articulación de las estudiantes organizadas, junto a la desconfianza hacia la orgánica estudiantil tradicional5. Su crítica se reduce a contemplar lo que fue la movilización ya que no cumplió ningún valor de uso en la lucha política interna y en el propio curso de la movilización.

Realizar un análisis de las contradicciones de un movimiento y una práctica política que avance en consecuencia, guarda una necesidad fundamental para evitar su adaptación al régimen político capitalista y que puedan ser fácilmente absorbidos por este. El marxismo, entendido como teoría crítica de la sociedad y definido por Perry Anderson como parte “de esos sistemas interesados en la naturaleza y dirección de la sociedad en su conjunto”6 y como un tipo de crítica “que incluye de forma indivisible e incansable la autocrítica”7 aporta sólo en este sentido al desarrollo positivo –o revolucionario– de los movimientos. Precisamente porque no están las condiciones dadas para alcanzar el socialismo por vía gradual, pacífica y parlamentaria; es que necesitamos luchar, partiendo del ejercicio crítico de las contradicciones sociales, de la relación entre las clases, las tendencias a la precarización de la población y su expresión al interior de movimientos que se toman la agenda política. Esa lucha adquiere una forma particular de lucha política que supera la disposición física contra las fuerzas represivas o en debate directo con la burguesía y sus partidos; es una disputa entre tendencias que pugnan por llevar por vías distintas un movimiento heterogéneo de múltiples fines.

Fines reales y utopías neorreformistas

Así como la lectura por parte de Izquierda Autónoma sobre el movimiento feminista no identifica la contradicción interna que trae consigo, tampoco tiene por objetivo su desarrollo en sentido revolucionario. Camila Miranda identifica, como objetivo del movimiento feminista, el empuje hacia “un nuevo pacto de sociedad sin humanidades de segunda clase” y, además, dicen compartirlo: “El feminismo, por tanto, es imprescindible para las fuerzas como el Frente Amplio que deben trabajar por abrir un nuevo ciclo político, pues éste encarna y proyecta una larga lucha colectiva por redefinir los términos de la humanidad, y para eso requiere de nuevas formas políticas8. No obstante, en la declaración de la Dirección Nacional Estudiantil, Izquierda Autónoma (IA), escribieron que “la izquierda estudiantil hoy debe apostar a una alianza feminista socialista, con perspectiva de clase.” Pero, ¿qué significa esto? Primero abordaron la movilización como un proceso horizontal sin contradicciones. Ahora agregaron el elemento de clase que implica dar cuenta que el movimiento feminista y de mujeres es heterogéneo y, por lo tanto, obliga a debatir con otros sectores del feminismo que se niegan a unificar el movimiento con los hombres de la clase trabajadora y apuestan, en cambio, por la unidad de todas las mujeres sin distinción de clases sociales –incluyendo a las mujeres de la policía, por ejemplo–, como lo hacen las separatistas. Construir un feminismo socialista de clase es dar una batalla al interior del movimiento feminista en disputa con estas corrientes. ¿Está dispuesta Izquierda Autónoma a dar estas batallas? Reglón siguiente agregan: “con vocación de mayorías y voluntad de disputa política, hay que dotar al movimiento estudiantil de un horizonte feminista.” Nada de cómo enfrentar al Estado, al gobierno y los empresarios, al discurso de la derecha que recientemente se han declarado “feministas”.

Miranda no desarrolla en su texto a qué se refiere con “pacto de sociedad”, de lo que sí hay claridad es que para quienes nos posicionamos desde el marxismo revolucionario y desde el feminismo socialista y de clase no hay pacto social posible en los marcos de la sociedad capitalista, por el contrario, cualquier pacto o contrato entre las clases sólo puede aspirar a una ficción de libertad, a una igualdad formal. ¿Es igual una mujer temporera e inmigrante que Cecilia Morel o Iris Fontbona, la matriarca de los Luksic? ¿puede la mujer trabajadora y pobre elegir libremente si trabajar o no incansables horas bajo el sol con un sueldo mínimo? ¿cómo podemos alcanzar la libertad y la igualdad real?

No sólo no existe una homogeneidad en el movimiento de mujeres fruto de las diferencias económicas y sociales, también hay una distancia en los objetivos donde las mujeres de la burguesía ­–como la ministra Isabel Plá o las mujeres del Partido Socialista9 y de la UDI10 quienes recientemente se autoproclamaron feminista— tienen como fin la igualdad de derechos políticos mientras, para la mujer trabajadora, la lucha por la igualdad formal no encuentra eco frente a una opresión que se vive profundamente en las poblaciones y lugares de trabajo, con el subcontrato y el trabajo precario. En este último caso la pelea involucra un enfrentamiento contra hombres y mujeres de la clase dominante que se roban la vida e imprimen el machismo y la misoginia entre la clase trabajadora, dividiendo a la vez que empujando a los hombres a jornadas laborales extenuantes y a las mujeres al hogar o a la doble jornada. No importa quién esté a la cabeza de una empresa o del Estado si son hombres y mujeres que impulsan la desigualdad social que es la base material de la violencia machista y la opresión por género.

Hablar de pacto social entonces abre un segundo debate: el desecho de una lectura basada en la lucha de clases, y la utopía reformista de que un capitalismo más humano es posible –no neoliberal–, más allá de cualquier antagonismo de clases. El eco de la política por la “unidad de todas las mujeres” – consecuencia de la política del “pacto social” repetido por todo el Frente Amplio, incluyendo al ala izquierda de este— disipa a nuestros enemigos y vuelve sobre la estrategia de la conciliación de clases sociales sembrando la utopía que, sin atacar la propiedad de los capitalistas, se puede avanzar a combatir la violencia machista y a transformar la realidad desigual, donde trabajadores y pobres, sean hombres o mujeres, aún no se constituyen como agentes de libertad.

¿Hacia dónde avanza la autonomía feminista?

La autonomía como estrategia política y la disolución de las y los trabajadores como sujeto político también adquiere valor en el terreno de la táctica, especialmente hacia la organización del próximo 8 de marzo donde Izquierda Autónoma se ha concentrado en la agitación de una Huelga de Mujeres entendida en rechazo a la concepción marxista de Huelga General o al paro de la producción. Tal cual lo definía Cristina Vega: “si revisáramos la historia de las huelgas veríamos desvanecerse peligrosamente el imaginario que con frecuencia las rodea: un aguerrido grupo de varones parando la producción en el espacio de trabajo para obtener mejores salarios y condiciones de trabajo”11. De conjunto se presenta el siguiente problema: asociar la huelga económica como exclusivo de la lucha de varones –en tiempos de creciente feminización del trabajo asalariado– y pensar que podemos como mujeres constituir métodos propios de lucha y movilización ligados exclusivamente a la esfera de la reproducción. En otras palabras, por un lado, reducen la huelga general a la manifestación por derechos económicos y salariales, y por otro, definen la huelga de mujeres como manifestación política, que supera el terreno sindical. Es una estrategia contraria a la lucha y organización desde los lugares de trabajo para afectar la producción, contraria a una estrategia de ruptura con el capitalismo donde la explotación laboral cada vez más tiene rostro de mujer.12

Una segunda consecuencia es la nula disputa al interior del movimiento con corrientes que promueven el punitivismo como vía para enfrentar la violencia machista. Hasta ahora Izquierda Autónoma no ve las contradicciones internas en el movimiento de mujeres negando el ejercicio de lucha política contra tendencias liberales, pero sobre todo en disputa con las corrientes separatistas que impiden el cuestionamiento y el enfrentamiento más abierto a las instituciones responsables de la violencia estructural contra las mujeres: el Estado y sus gobiernos, la Iglesia, empresarios, sean hombres o mujeres, las autoridades universitarias. Y plantean un desarrollo del movimiento en sus propios márgenes, sin unidad con otros sectores explotados y oprimidos como los trabajadores o el movimiento estudiantil. Y si lo ven, su crítica queda para sus declaraciones, pero no para la disputa cotidiana contra los vetos a la izquierda y contra las perspectivas punitivas que luchan por protocolos y contra el acoso sexual en las universidades, pero sin cuestionar el régimen universitario profundamente autoritario y las bases materiales que sostienen el mercado sexista. Su estrategia es consecuente con su fin, “un nuevo pacto de sociedad”, es decir, un fin que no involucra la lucha de clases, un fin utópico, como veíamos, pues ningún pacto social es posible sin que prevalezcan “humanidades de segunda” categoría en los marcos del capitalismo.

La consecución de esta utopía en el terreno de lo político es la estrategia parlamentaria del Frente Amplio donde para la lucha inmediata se trata de limitar el programa de hoy a la lucha por una educación no sexista y las demás reivindicaciones más estructurales para el futuro, o para las próximas elecciones, o sólo para la lucha parlamentaria. Por el contrario, el FA no busca impulsar la lucha de clases e impedir que el régimen y sus representantes de Chile Vamos y de la ex Nueva Mayoría transforme las demandas a medidas que maquillan el régimen, mientras sostiene esta barbarie cotidiana que atenta contra las mujeres, y particularmente contra las mujeres pobres y trabajadoras.

Esta separación entre programa mínimo para hoy y un programa máximo como batallas planteadas para un futuro incierto, lo replica Izquierda Autónoma tanto en el programa planteado para la movilización centrado en las demandas por una educación no sexista sin pelear en la base estudiantil por la unidad de los movimientos y sin un programa que afecte las ganancias de los empresarios de la educación – como la educación gratuita y el fin de los subsidios a los privados–. El problema no es, como dicen, que “mientras el mercado sexista siga siendo hegemónico en la educación, no existen posibilidades de pensar una educación radicalmente democrática, libre de violencias, desigualdades y autoritarismos.”. El problema es que la única vía para enfrentar al sexismo en la educación es acabando con el modelo mercantil y el autoritarismo universitario, es decir, enfrentando a los empresarios de la mano de la lucha contra el sexismo en las aulas y pasillos de las instituciones educativas.

La fuerza del movimiento de mujeres dejó de manifiesto que podemos ir por más, que nuestra fuerza puede cuestionarlo todo y, por tanto, debemos abrir con mayor holgura el debate sobre hacia dónde va el movimiento y por qué vías tomará un carácter subversivo.

Quienes nos declaramos feministas socialistas, de la clase trabajadora, apostamos a la mayor unidad del movimiento de mujeres con las luchas de las y los trabajadores, creemos que es necesario unificar las demandas históricas del movimiento estudiantil con las demandas por una educación no sexista, que la vía es la unidad en asambleas de base de hombres y mujeres para discutir cómo enfrentar al gobierno de Piñera. Además, pensamos que una campaña como la que levantan nuestras compañeras de Pan y Rosas y del Partido de Trabajadores Socialistas (PTS) en Argentina por el derecho al aborto legal, libre, seguro y gratuito puede fortalecer nuestra lucha y dotarla de una demanda común que permita no sólo cohesionar las fuerzas del movimiento feminista estudiantil, sino sumar a otros sectores de la sociedad que aún no asumen como propia la lucha por los derechos de las mujeres, unir nuestra lucha y demandas a las de la clase trabajadora, lo que haría nuestra fuerza imparable.

En conclusión, la estrategia de Izquierda Autónoma conspira contra el desarrollo de una fuerza social de masas que se proponga enfrentar al Estado Burgués; y la subestimación de la lucha política con otras corrientes que intervienen al interior del movimiento niega la necesidad de un partido revolucionario que para el marxismo es la condición de posibilidad para que una revolución triunfe y permita avanzar hacia una perspectiva comunista y la total emancipación de la mujer.

El marxismo de Izquierda Autónoma alcanza formas que trasgreden sus fronteras teóricas y estratégicas: es un marxismo sin una estrategia que distinga las clases sociales aliadas y las enemigas, que no identifica las contradicciones internas del movimiento de mujeres mediante el ejercicio de la lucha política entre corrientes que buscan fines distintos y sin buscar la unidad con las y los trabajadores. Son feministas socialistas sin lucha de clases y sin trabajadores.

1 http://www.contratiempo.cl/2018/06/02/la-oleada-feminista-y-la-crisis-de-la-democracia-en-chile/

2 Ídem

3 Ídem

4 En http://www.contratiempo.cl/2018/06/02/revolucion-feminismo-e-izquierda-en-el-cambio-de-siglo/

5 En https://www.frente-amplio.cl/noticias/columnas/declaracion-publica-por-un-movimiento-estudiantil-feminista

6 Anderson, Perry, Tras las huellas del materialismo histórico, Editorial Siglo XXI. 2004. p. 7

7 Ídem

8 Ídem

9 En https://www.latercera.com/politica/noticia/ps-actualiza-principios-se-define-partido-feminista/218817/

10 https://www.publimetro.cl/cl/noticias/2018/07/08/udi-feminista.html

11 En https://www.izquierdadiario.es/8M-huelga-de-mujeres-y-huelga-general

12 Ver https://www.izquierdadiario.es/8M-huelga-de-mujeres-y-huelga-general?id_rubrique=2653

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