Algunas concepciones frenteamplistas: el extravío de la lucha de clases

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Juan Valenzuela

La consolidación del Frente Amplio como fuerza política en Chile es un hecho. Pero eso no significa que su programa y su estrategia sean las vías para una transformación estructural de la sociedad. En uno y otra reside la siguiente idea: es posible realizar transformaciones o reformas en la sociedad sin cuestionar el poder de la clase capitalista y sin desarrollar la lucha de clases. Esto, constituye una fuente de debilidad estratégica transversal a todas sus fuerzas políticas, más allá de las referencias “socialistas” o “liberales”.

 

I

El Frente Amplio y la lucha de clases

Como si se tratara de preparar las condiciones para ser gobierno haciendo uso de los cargos parlamentarios y la presencia política a través de sus figuras públicas empezando por Beatriz Sánchez, pero no produciendo antagonismo con la clase dominante y su personal político. Más bien, se trata de moverse con astucia en el andamiaje institucional. Esa tesis constituye -con mayores o menores matices- un núcleo ideológico esencial del Frente Amplio, asociado a su rol práctico en la situación nacional.

El punto de llegada para el Frente Amplio no es la “revolución”. Es un nuevo contrato social consagrado en una Asamblea Constituyente -como indica el Programa de muchos1-. La falta de radicalidad del conglomerado se nota ya en esta simple idea: su objetivo no es tumbar el poder de los grandes grupos económicos o “arrebatar el capital a los empresarios”. Un cierto sentido común frenteamplista dice no comprender la política en los términos clásicos de la izquierda del siglo XX.

Esta idea que hoy puede sonar sensata en amplias franjas de masas mañana se transformará en fuente de su debilidad: resulta completamente utópico esperar que la clase capitalista -que forjó el orden neoliberal por medio de una dictadura contrarrevolucionaria-, repentinamente va a estar dispuesta a “un acuerdo democrático, participativo, en igualdad de condiciones y con diálogo abierto –sin vetos ni temores.”2 Basar la práctica militante en esa premisa sólo conduce a una aporía política y a claudicaciones recurrentes en el presente que preparan las del futuro.

Para quienes militamos en el marxismo revolucionario, si no se desarrollan choques y pugnas entre clases sociales y si las direcciones burocráticas no son superadas por la fuerza del movimiento de masas; es imposible obtener conquistas duraderas. La clase trabajadora, objetivamente -por su rol en la sociedad- cuenta con la capacidad de concentrar fuerzas contra la clase capitalista y su poder. En Chile, son más de siete millones de mujeres y hombres que ponen en movimiento la vida en las ciudades a través del metro o las comunicaciones y en grandes centros productivos, la mayoría de las veces a cambio de salarios escuetos. Pero esta enorme fuerza social hoy está fragmentada. La huelga general -método que ganó centralidad a inicios del siglo XX debido a la proliferación de grandes centros productivos en todo el globo- es expresiva de este potencial: no sólo puede interrumpir el flujo de ganancias capitalistas. Puede también desorganizar las fuerzas del Estado y generar un terreno más vasto para la lucha. El cese del trabajo y la interrupción de los procesos productivos, distributivos y de cambio -método que es exclusivo del proletariado- tensa el orden capitalista haciendo ineficiente la gestión del poder burgués. Esta cuestión, teorizada a inicios del siglo pasado por el marxismo clásico, hoy, producto de la expansión del trabajo asalariado y los grandes procesos de urbanización, gana nuevas reservas de vitalidad.

Pero subjetivamente, producto de las derrotas históricas, la clase trabajadora no se ve a sí misma como un sujeto capaz de luchar. Por otro lado, la “democracia blindada” chilena responde a los intereses de los sectores más granados de la alta burguesía local. Hay una relación íntima entre las múltiples restricciones de la “democracia blindada” y la primacía de los grandes grupos económicos y las trasnacionales en la vida económico-social en Chile. Son ellos los que construyeron una alianza estratégica entre el gran capital, el Estado, la Iglesia y los “aparatos hegemónicos” como la televisión, las universidades o “centros de estudio”. Los casos Penta o Soquimich -con mesadas millonarias a altos funcionarios parlamentarios y gubernamentales- sólo revelaron que el Estado no es más que una junta que administra los intereses de la clase dominante.

Si restringimos nuestros medios de lucha a los márgenes parlamentario-institucionales, a las “marchas de presión” y a la rutina electoral, no podremos derrotar esas enormes fuerzas reaccionarias que han moldeado Chile a su imagen y semejanza. El Frente Amplio, precisamente, parece restringir su acción en esas coordenadas. No usa sus cargos en el Congreso como un instrumento para potenciar la acción independiente de la clase trabajadora, la juventud, el movimiento de mujeres y las masas explotadas. Al revés: la acción de las masas es entendida como una herramienta de presión para actuar en un terreno “político” parlamentario-institucional. Si fuese de otra forma, se desmoronaría la utopía de realizar transformaciones por medio de un “pacto social” que el Frente Amplio pretende propagar. Para el FA se trata de evitar una práctica política que los deje como “ultras” o gente inmadura ante los ojos de la opinión pública burguesa. Hay que sacudirse el motejo de estudiantes.

Pero esto es enormemente problemático pues en Chile las fuerzas resistentes a los cambios son poderosas. Aunque el Frente Amplio insista en proyectar una imagen de respetabilidad y de proponer reformas que no excedan la perspectiva de un “nuevo pacto social”, es indudable que los sectores dominantes en la sociedad chilena cuentan con una tradición contrarrevolucionaria forjada en la dictadura de Pinochet, que busca un nuevo derecho de ciudadanía en el movimiento Acción Republicana de José Antonio Kast. Ellos son los verdaderos autores de la borradura de la lucha de clases como sentido común, es decir, como “noción de uso corriente” en amplias franjas de trabajadores. Fueron ellos los pioneros en la “demonización” del concepto.

Si el régimen político democrático posdictatorial se estructuró en torno a un “consenso” neoliberal sostenido por la Alianza por Chile y la Concertación, cuyo principal cometido fue preservar y profundizar la obra económico-social de la dictadura; el 2011 marcó el inicio de la desconfiguración de ese régimen. Aquélla, sólo fue posible por la acción de masas, el “terremoto social” -a decir de la derecha-: el movimiento estudiantil que con tomas de liceos y universidades y marchas multitudinarias instaló la demanda de educación gratuita cuestionando una de las metamorfosis más significativas que la dictadura y la Concertación realizaron en la sociedad chilena: la mercantilización de la educación. Movimiento que aconteció más o menos simultáneamente con las revueltas regionales en Aysén o Magallanes.

El FA actúa como si se viera a sí mismo como una superación de las calles y un progreso a lo político. Y lo política se entiende como “conflicto entre posiciones que se disputan un campo”, para tomar la expresión de Luis Thielemann3. No es entendida como lucha de clases sino como una actividad cuyo centro de gravedad está en el parlamento y en la disputa institucional. Aunque Carlos Ruiz teorice el 2015 acerca de la sociedad y los sujetos sociales contrapuestos a un concepto de la política que la remita exclusivamente al Estado, aunque Izquierda Autónoma en junio critique en junio la parlamentarización del conglomerado, en julio, lo que definió las cosas fue la relación con el Estado: diputados y legalidad en el SERVEL.

¿Qué pretendían Boric, Castillo y Sharp a la hora de participar y celebrar las mesas de “infancia” y “seguridad” impulsadas por la administración de Piñera? ¿Mostrarse serios y respetables ante la “opinión pública”? Con ello, incluso se ganaron el respeto del “converso” Mauricio Rojas, director de Contenidos y Estrategias de la Presidencia. Fue comentada la entrevista donde dijo que el anhelo de Piñera de llegar a acuerdos con el centro político, no sólo se estaba realizando en la relación que se viene construyendo con Mariana Aylwin, sino también con Sharp y Boric4. ¿Es esto una muestra de astucia para actuar en ese “conflicto entre posiciones” del que habla Thielemann? ¿Las y los militantes del Frente Amplio piensan que preparar el terreno para alcanzar el gobierno es algo así como un camino pavimentado de gestos de cortesía con los representantes políticos de los explotadores?

Esto, no es más que la consecuencia lógica de una práctica construida en el interregno 2011-2017: RD se hizo parte del gobierno de Bachelet el 2014, y las fuerzas que ahora dirigen el Frente Amplio, limitaron la práctica de las federaciones estudiantiles a la incidencia parlamentaria. La negación teórica de la lucha de clases es también expresión -o causa- de una práctica política.

 

II

Adversarios no enemigos

Chantal Mouffe, en El Retorno de lo político, en la década de 1990, escribía que lo “que caracteriza a la democracia pluralista en tanto forma específica del orden político es la instauración de una distinción entre las categorías de “enemigo” y de “adversario”. Eso significa que, en el interior del “nosotros” que constituye la comunidad política, no se verá en el oponente un enemigo a abatir, sino un adversario de legítima existencia y al que se debe tolerar.”5

¿Por qué el problema del abatimiento queda suspendido como propósito para la política en esa comunidad? Si el abatimiento -o derrocamiento- es el resultado de la primacía de un sujeto contra otro en una lucha antagónica, la revolución es el “abatimiento” por excelencia: es un proceso en el cual una clase en el poder es sacada por otra violentamente. Ese sería el nudo político borrado del bagaje frenteamplista, a partir del sentido común de época.

Emilio Albamonte y Matías Maiello se refieren al “devenir de un “trauma epistemológico””, tomando el análisis que hacía Roberto Jacoby acerca de las consecuencias de la derrota de la Comuna de París que habría impedido una “reestructuración de la teoría de la revolución proletaria en las nuevas condiciones histórico-sociales”. Comentan que “producto de esta crisis, el problema militar había prácticamente desaparecido de la reflexión hasta los primeros años del siglo XX” y que en la actualidad “podemos ver puntos de contacto con aquella situación”. Aun con una crisis que lleva casi una década que ha hecho crujir el orden capitalista mundial y fenómenos disruptivos como Trump, elementos de polarización política reflejados en la emergencia del neorreformismo, “el punto de partida de esta nueva etapa, cuyos contornos comienzan a delinearse, son más de tres décadas sin revoluciones, aunque no exentas de procesos agudos de la lucha de clases (…) que han marcado el retroceso de la reflexión estratégica. Un efecto similar, aunque sobre la base de fenómenos distintos, al producido luego de la Comuna de París de 1871.”6

Es en estas coordenadas que emerge y se desarrolla el fenómeno neorreformista. Así como para Mouffe la democracia plural es una alternativa a la democracia de los consejos de trabajadoras y trabajadores -proyecto caducado en su visión-; el Estado capitalista y sus formas democráticas de funcionamiento constituyen los horizontes insuperables del Frente Amplio. Los conflictos no pueden pasar a la enemistad. Si lo hicieran, se plantea la probabilidad de un quiebre del Estado y una dinámica de doble poder7.

La idea de un “nuevo contrato social” o la expectativa en un acuerdo “democrático como propulsor de las transformaciones” implica pensar sólo en términos de adversarios, pero no de enemigos.

 

III

Agonismo y antagonismo

Para Mouffe, la categoría de “enemigo” no desaparece “pues sigue siendo pertinente en relación con quienes, al cuestionar las bases mismas del orden democrático, no pueden entrar en el círculo de los iguales. Una vez que hemos distinguido de esta manera entre antagonismo (relación con el enemigo) y agonismo (relación con el adversario), podemos comprender por qué el enfrentamiento agonal, lejos de representar un peligro para la democracia, es en realidad su condición misma de existencia.”8

Esta concepción, para nosotros, es expresión de las derrotas históricas que padeció la clase trabajadora y que tuvieron el efecto de borrar la perspectiva de una democracia superior a la democracia capitalista: la democracia de los trabajadores o la democracia soviética basada en organismos de autodeterminación de masas. Quienes militamos en el marxismo revolucionario, empleamos la fórmula gobierno de trabajadores, precisamente para dar cuenta en nuestro programa, de la necesidad de constituir un nuevo tipo de Estado contrapuesto al Estado burgués, de ruptura con el capitalismo, basado en la democracia directa de explotados y oprimidos y antagónico a su democracia restringida.

Pero este programa, en el marco de la restauración burguesa, ha sido identificado con una concepción autoritaria de la política. Si en Mouffe todos quienes cuestionan las bases mismas del orden democrático no pueden entrar en la comunidad de los iguales y pueden ser considerados enemigos, para Carlos Ruiz, de Izquierda Autónoma, el proyecto revolucionario tendría en común con el proyecto reformista socialdemócrata, algo así como una fijación en el Estado. Pero la estrategia revolucionaria sería autoritaria. Ruiz señala que “de la izquierda del siglo XX hemos heredado la pugna entre reforma y revolución. Una tensión que, vista desde las luchas actuales y sus dilemas, no agota las cosas. A las nuevas complejidades que plantea la refundación capitalista reciente, se suma la derrota de esas experiencias. Aquella dicotomía de reforma y revolución queda lejos de los requerimientos actuales para construir una estrategia emancipadora, capaz de superar las miserias materiales y espirituales del capitalismo actual. Allí se agotaron no sólo las fuerzas políticas de la izquierda histórica, sino también de la socialdemocracia.”9 Según Ruiz la “opción revolucionaria, en su concepción del siglo XX, supone que una nueva sociedad se erige por completo a partir de la revolución. Irrumpe como un esfuerzo racional de crear una nueva sociedad, donde la superación radical de la anterior ocurre a través del Estado, se destruye el panorama precedente, instalando un cisma histórico absoluto por medio de una voluntad política racional.”10

Para el sociólogo, una hipótesis así excluye la posibilidad de que en el seno del capitalismo se construya una fuerza social capaz de transformarlo. En sus palabras, “sólo deja espacio para construir una fuerza política capaz de producir tal vuelco radical de la historia, la que, en nombre de la sociedad, toma el poder del Estado y desde él produce la transformación. Es una idea del fin del capitalismo que se aleja, cada vez más en los esfuerzos del siglo XX, de los procesos sociales efectivos y sus complejidades para sumergirse en la construcción planificada de esa voluntad racional, como estrategia política posible […] Es que un cambio como el que plantea el ideario revolucionario del siglo XX representa el intento más ambicioso de construcción histórica planeada que haya enfrentado hasta entonces la humanidad”.11 Para Ruiz la socialdemocracia también remitió su voluntad de cambios al Estado: “Tal reducción del esfuerzo político relegó el desarrollo de formas de resistencia creativas; se apartó de la creación, a través de la lucha social, de instituciones transformadoras a una escala posible dentro del mismo capitalismo, espacios de desarrollo de un poder social opuesto al espíritu del capitalismo. La reductiva idea de que todo cambio posible se hace desde y en el Estado, terminó por desquiciar la idea, acertada, de acumular poder político en el Estado para introducir reformas, al ignorar que el espacio de trabajo principal es la sociedad.”12

Efectivamente, la democracia soviética se inscribe en una relación antagónica con el Estado capitalista en todas sus formas, incluyendo su forma democrática. Pero es completamente falso que el poder soviético basado en organismos de autodeterminación de masas, constituye un régimen autoritario que se base exclusivamente en una fuerza política que se apropia del poder estatal y que desde ahí impone su voluntad racional. Esa descripción, que Ruiz usa para lo que denomina “estrategia revolucionaria” se asemeja más bien a las formas autoritarias del Estado burgués o determinadas estrategias guerrilleras.

A propósito de estos problemas, Emilio Albamonte y Matías Maiello, en Estrategia socialista y arte militar, escriben que, la “imposibilidad de combinar la democracia burguesa con la democracia soviética se basa en que son la expresión política de regímenes sociales antagónicos. Ambos sistemas de representación son coherentes con ello. La democracia capitalista tiene por principio la separación de las masas del gobierno del Estado, para lo cual, como vimos, utiliza múltiples mecanismos. El parlamentarismo y, más aún, el presidencialismo, mediante el “sufragio universal” cada 2, 4 o 6 años, se basan en la atomización de la población en general y de la clase obrera en particular. De esta forma, el gobierno de una minoría, la burguesía, puede sostener su hegemonía presentándose como expresión de una genérica “voluntad popular” de las masas (…) La democracia soviética -señalan- parte del principio opuesto: aumentar al máximo la incorporación de las masas al gobierno del Estado. De ahí que su base sean los consejos (soviets) elegidos no en base a las circunscripciones electorales territoriales de la democracia burguesa, sino esencialmente por unidad de producción (empresa, fábrica, escuela, etc.). Los consejos se erigen, al decir de Marx, como “corporaciones de trabajo”, legislativas y ejecutivas al mismo tiempo, que gobiernan en el sentido más amplio del término: definen el rumbo político, así como la planificación de los recursos económicos de la sociedad sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción. Por estas características es que su desarrollo progresivo, de la mano del avance hacia el socialismo, lleva inscripta la tendencia a la desaparición del Estado como tal, es decir, como poder divorciado de la sociedad, que aparentemente se ubica por encima de ella.”13

Si en la tradición soviética es clave “aumentar al máximo la incorporación de las masas al gobierno del Estado” el sustitucionismo de fuerzas sociales por fuerzas políticas que acusa Ruiz en la tradición revolucionaria, no aplica. Tampoco es pertinente para el marxismo revolucionario, la afirmación que hace Ruiz “englobando” a la izquierda del siglo XX: que “se apartó de la creación, a través de la lucha social, de instituciones transformadoras a una escala posible dentro del mismo capitalismo, espacios de desarrollo de un poder social opuesto al espíritu del capitalismo.”14

Quienes están realmente atrapados teórica y políticamente en las redes del Estado ampliado son Ruiz y el Frente Amplio. La teoría-programa de la revolución permanente referenciada en el revolucionario León Trotski y esbozada por Marx y Engels en un marco capitalista de libre competencia es una teoría que no se detiene en las coordenadas impuestas por el Estado: entiende que el objetivo de la destrucción del Estado capitalista y la formación de un Estado de transición que avance a su propia disolución para dar paso a una sociedad de productores libres constituyen un programa necesario.

Así como Marx comprendió que el valor de las mercancías no es una propiedad natural fija en las cosas y que su existencia depende de una multiplicidad de relaciones sociales de carácter histórico, el Estado también es una categoría y una fuerza material que se disolverá. Por el contrario, para Ruiz no es una finalidad política la construcción de una sociedad comunista. No es su propósito una sociedad en la que el tiempo destinado al trabajo se reduzca al mínimo y se abra espacio al ocio creativo. Ruiz no imagina que el Estado no exista. Por eso, por mucho que proponga evitar el fetichismo del Estado, inevitablemente cae ahí.

La “incoherencia” que ha mostrado Izquierda Autónoma en su crítica a la parlamentarización del Frente Amplio es una muestra práctica de esto. De criticar la “excesiva parlamentarización” del bloque en junio, pasó a conformar junto a Movimiento Autonomista, Izquierda Libertaria, Nueva Democracia y el Partido Igualdad, una “mesa ejecutiva” cuyo criterio principal de integración es la representación parlamentaria o la “legalidad”.

Desde un punto de vista teórico, es por esta razón que al interior del Frente Amplio coexisten visiones tan contrapuestas en relación al Estado. ¿Qué es lo que las une? Lo común es la subordinación a las formas democráticas del Estado capitalista lo que hace invisible a sus ojos la tradición política basada en la democracia directa de las y los trabajadores, que implica una ruptura con el Estado burgués y sus formas democráticas que limitan la participación de las masas a los ciclos electorales.

Eso no se vislumbra como proyecto y posibilidad en el FA en el siglo XXI. La “tesis para el periodo” que para Gael Yeomans explica la unidad actual en un conglomerado común, no es una simple coincidencia secundaria. Tengamos en cuenta esto: entre las definiciones ideológicas de Revolución Democrática -el partido ancla del Frente Amplio como ha sido llamado- leemos: “El Estado lo formamos todos, lo construimos todos y es para todos. En RD aspiramos a un Estado inclusivo y ciudadano, garante principal del bien común y el aseguramiento de la universalidad y desmercantilización de los derechos sociales, tanto a nivel cultural como institucional.”15 Pero Ruiz prefiere discutir contra “las estrategias políticas de la izquierda histórica” más que contra Marx, de quien prefiere tomar su crítica al fetichismo de la mercancía para desarrollar su propia crítica a lo que denomina el fetichismo de la política, ilusión que, entre otras cosas, para Ruiz impide situar la política misma por fuera del ámbito estatal. Leemos, de este modo, una apreciación distinta del Estado, al menos distinta a los principios ideológicos de RD. Pero todos militan en el mismo conglomerado. ¿Casualidad?

No. Por eso, insistimos, para Ruiz o para otros intelectuales relevantes del FA, no hay democracia más allá de la democracia burguesa. El marxismo revolucionario, en cambio, rompiendo con toda “exorbitancia del Estado” concibe que es necesaria su destrucción y su sustitución por un Estado de transición cuya finalidad es su propia extinción. Estas diferencias teóricas se traducen en diferencias programáticas y en la práctica política presente: una cosa es querer realizar reformas en el capitalismo, pero conquistando una “democracia radical”; otra muy distinta es aspirar a una sociedad comunista sin clases sociales y sin Estado.

 

IV

¿Política sin lucha de clases?

Desde el momento mismo en que el Frente Amplio pone en el centro de su programa el empoderamiento de la ciudadanía y entiende a la sociedad como un campo de conflictos entre adversarios mas no entre enemigos, modela también su rol en el presente: se transforma en un nuevo factor de equilibrio, pese a las repercusiones de desestructuración en el régimen político de transición que ha generado su propia irrupción.

La categoría de trabajo existe entre las concepciones del Frente Amplio, pero opera supeditada a la lógica de “conflictos agonales” en la ciudadanía. El rol parlamentario no está pensado como un medio táctico en función del objetivo estratégico de transformar a las y los trabajadores en un sujeto de poder que pueda abatir el poder del empresariado, sino que se transforma en su estrategia de ampliar la democracia. Por una u otra vía termina siendo el terreno privilegiado, por eso en el FA ven como “virtud” y avance de “maduración” en términos mecánicos el haber pasado de las calles al parlamento. “Nada volverá a ser como antes”, declara Thielemann. “Se acaba la centralidad de la lucha social para la mayoría de la izquierda, emerge la centralidad parlamentaria, y esa es la principal razón del fin de un ciclo.”16

Esta idea es desarrollada también por Alberto Mayol y Andrés Cabrera. Plantean “la necesidad de fragmentar el concepto de acontecimiento entre el momento de surgimiento de un nuevo régimen de verdad -cuya operación aparece por muchos años como mera confusión, precisamente, por la falta de antecedentes- y el momento de explicitación del nuevo orden, el momento donde se dibuja en la realidad el porvenir de lo nuevo y, con ello, comienza la explicitación de su aparato normativo”17. A partir de esta construcción ideológica, Mayol y Cabrera distinguen el rol que cumplieron “los movimientos sociales, especialmente el de educación” (2011): desestabilizar “la geología de los procesos políticos y sociales”; del rol que cumplieron las elecciones del 19 de noviembre (2017): reestructurar aquellos procesos. El cambio de ciclo político que significa la irrupción del Frente Amplio como tercera fuerza política del país “producirá una nueva estructuración del ser oposición, que dibujará una nueva relación con el modelo de sociedad y que es la respuesta política vigente al ciclo político de crisis (…) Nadie puede dudar hoy que el Frente Amplio surfea la ola correcta o, al menos, una ola que existe”18. Estaríamos ante la explicitación del nuevo orden.

La exclusión de su sector de la mesa ejecutiva sin duda le ha hecho perder este optimismo a Mayol. Pero más allá de eso es clara la exorbitancia del trabajo parlamentario no vinculado con la acción de la lucha de clases, como lo revelan los propios avatares políticos y teóricos de Izquierda Autónoma pese a que Ruiz intente teorizar desde la sociedad.

 

V

Antimercantilismo o perspectiva de clase

En la nueva coalición conciben que la contradicción entre capital y trabajo sí existe, pero es secundaria en relación con otras más características del neoliberalismo en Chile. Por ejemplo, para Carlos Ruiz de Izquierda Autónoma “el grado de expansión capitalista actual instala un nivel inédito de mercantilización de las condiciones de reproducción social, trastocando hondamente la vida cotidiana. Este hecho histórico pone al orden del día, en una dimensión que no alcanzaba antaño, un conflicto entre mercancía y humanidad”19. Luego va más allá y explica que “la anterior contraposición entre Estado y mercado deja lugar a una que va mucho más lejos: entre mercado y democracia”20. Esos pasajes, publicados en 2015 -antes de la conformación del FA-, cumplen un importante papel en la formación de cuadros y dirigentes de Izquierda Autónoma.

Por su parte, Mayol y Cabrera señalan que un componente de identidad del conglomerado visto “desde dentro” es el “antimercantilismo: “el Frente Amplio suele reconocer la importancia de la contradicción trabajo/capital en sus declaraciones y suele confesar la necesidad de representar mejor esa contradicción desde sus orgánicas, las que estarían aún lejos de aquello. No obstante, esta conciencia y el constante esfuerzo de convocar a los(as) trabajadores(as) de Chile, el Frente Amplio ha representado con mayor claridad las tensiones entre mercado y ciudadanía y la problemática de la acumulación capitalista en forma de expoliación de derechos sociales. De ahí el origen fundamental del Frente Amplio ha representado con mayor claridad las tensiones entre mercado y ciudadanía y la problemática de la acumulación capitalista en forma de expoliación en el consumo y, ante todo, en las formas de mercantilización de derechos sociales. De ahí el origen fundamental del Frente Amplio bajo el concepto de “lucro”, palabra que desde el movimiento estudiantil significa el acto de obtener ganancias empresariales a partir del abuso de poder en la relación entre la empresa y la ciudadanía. El Frente Amplio representa una crítica fundamental a la sociedad de consumo. Este elemento es una identidad no reconocida […]”21

Todo esto, explicado en un texto de dos intelectuales del “ala izquierda”. En general, la lucha de clases es aludida, acaso, como una metáfora, no como un factor constituyente de la política. Esta operación es fundamentada, en el caso de Carlos Ruiz, con un análisis estructural. En el siglo XXI, cuando han acontecido importantes transformaciones en el mundo del trabajo, la heterogeneidad del proletariado indudablemente se ha incrementado. Pero Ruiz, ve en esto un proceso en cierto modo irreversible de desestructuración que modifica radicalmente las coordenadas del conflicto en la sociedad, cuestionando la estructura de clases histórica. Aunque no discute directamente contra el concepto de lucha de clases en el sentido que Marx le daba al término, resulta llamativa la visión acerca de la proliferación de desigualdades que tendría como consecuencia central abandonar cualquier definición de una contradicción social como la prioritaria del desarrollo del sistema capitalista y, por tanto, con consecuencias universales. Ruiz escribe que “el peso de las desigualdades hoy se ha ampliado. A aquellas tradicionales apuntadas en las escalas de ingresos entre ejecutivos y profesionales, de un lado, y obreros y empleados de otro, se superponen otras desigualdades anidadas dentro de esos grupos sociales que antes se asumían más homogéneos. Con eso, las nuevas desigualdades alteran la percepción de las diferencias en la sociedad. Desdibujan fronteras sociales en base a las cuales antes se comprendía la dinámica de la sociedad. Y todo aparece como un confuso amasijo donde sólo transitan -pareciera- individuos aislados intentando librar su sustento en la jungla de unas condiciones de vida privatizadas en extremo, atadas al ingreso obtenido individualmente. Entre un pequeño empresario en quiebra, un ejecutivo desocupado y un asalariado con un empleo precario no parece haber grandes distinciones […]”22

Ruiz ha encontrado contendores en el mundo intelectual. Uno de ellos, el escritor de Las fisuras del neoliberalismo chileno, Franck Gaudichaud, quien rebate la elaboración hecha en conjunto entre Carlos Ruiz y Giorgio Boccardo -también de Nodo XXI-, en la que sostenían la tesis de una mesocratización de la sociedad neoliberal chilena. En solitario Ruiz escribía que “en los modos del conflicto actual, se expanden unas grandes mayorías heterogéneas con reivindicaciones vinculadas a la escuela o la ciudad, como forma más próxima de expresar la crisis de integración social, producto de la expansión de esas nuevas desigualdades no reconocidas por la política vigente”23, es lógico que el 2011 sea entendido como la expresión de esta mesocratización que disgregaría el centro de gravedad de la contradicción capital-trabajo (si es que alguna vez existió para ellos) en múltiples luchas no antagónicas protagonizadas por sujetos producidos en el neoliberalismo que no es más que una expansión del capital. Gaudichaud escribe, reconociendo “que el mundo del trabajo se ha vuelto mucho más heterogéneo y fragmentado, estas nuevas características que está asumiendo el asalariado en el régimen neoliberal no apuntan a la extinción de la clase obrera, sino más bien a su extensión en diversas esferas (como los servicios), aunque en condiciones laborales, de conciencia de clase y de organicididad precarias.” Según este autor las “tesis estratégicas” de Ruiz y Boccardo “se alejan no sólo de las ortodoxias del “marxismo vulgar” (en buena hora), sino fundamentalmente del materialismo histórico y de su filosofía de la praxis.”24 En su texto también trata de exponer como se ha desarrollado el conflicto de clases en los últimos años.

En el marxismo revolucionario lucha de clases no significa simplemente “lucha de obreros contra patrones”. Marx y luego Lenin se encargaron de remarcar el carácter político de la lucha de clases, es decir no es una lucha corporativa de tal o cual empresa contra tal o cual patrón, sino que apunta contra la burguesía en tanto una totalidad y lo mismo constituye una subjetividad en la que los trabajadores se reconocen como pares con otros trabajadores mucho más allá de centro laboral y el rubro en el que se desempeñen. En la actualidad, dado el carácter más heterogéneo del proletariado, las vías de desarrollo de la lucha de clases no son necesariamente en la forma de huelgas de trabajadores por determinadas reivindicaciones; los canales de irrigación entre el movimiento estudiantil, el movimiento de mujeres, los movimientos urbanos y el movimiento obrero, existen y se han multiplicado.

Las ideas de Ruiz e Izquierda Autónoma parecieran señalar que la lucha de clases como matriz comprensiva del conflicto en la sociedad, está obsoleta. O cambian su significado, situándolo en un ámbito político sin referencia en un sujeto social que cumpla el rol que cumplía el proletariado en Marx, como parece sugerir Luis Thielemann cuando escribe que “la táctica y la estrategia será diferente entre los actores en tanto diferente es su posición en la lucha de clases. En simple: la perspectiva de análisis de la política es una posición también política. Posición de clase, definida a priori por la lucha anterior. Los cambios de la política deben analizarse desde y en la izquierda, rechazando de plano el armarse de una imposible imagen total o reconocer alguna razón universal.” Referencia en la izquierda, posición política, pero no relación con el proletariado como clase estructural, que Ruiz y Boccardo deconstruyeron teóricamente. Sabido es que Marx le explicaba a su amigo Joseph Weydemeyer en 1852, que la idea de lucha de clases, el estudio de su historia y el análisis de cada una de estas clases, ya habían sido conquistas de historiadores y economistas burgueses, y que su aporte específico se podía resumir en tres ideas: “1) que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción; 2) que la lucha de clases conduce, necesariamente25, a la dictadura del proletariado; 3) que esta misma dictadura no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases.26 Las consecuencias de devaluar esta noción no son secundarias para la política. Si el sujeto de la contradicción es la humanidad o los consumidores, entonces la fuerza política que se construya no requiere declarar un “carácter de clase” como hacemos las y los marxistas revolucionarios. En los hechos, los grupos del Frente Amplio se arraigan predominantemente en las capas medias, pero teóricamente no existe un sujeto único. Eso es congruente con la lectura que hacen del conflicto social, sin una contradicción central. Por eso es un conflicto que nunca se resuelve.

Sería ideológico negar que han acontecido importantes transformaciones en el mundo del trabajo como el importante crecimiento del sector de servicios, la feminización u otros fenómenos globales como la incorporación de fuerza de trabajo inmigrante. Han surgido nuevas formas contractuales como el subcontrato o formas de trabajo asociadas a la telefonía e internet. Pero eso ha implicado un proceso de reestructuración de la clase trabajadora, no su desestructuración como sugiere Ruiz. Lo que ha cambiado es que la mayor heterogeneidad de su composición hace que problemas que antes tenían que ver con la conquista de aliados en otros sujetos oprimidos de la sociedad; se transformen ahora en problemáticas que hacen a la unidad de las mismas filas obreras. Pero hechos como el reciente paro de Rappi en Argentina atestiguan una y otra vez que por mucha uberización que prolifere, los métodos de la clase trabajadora -como la huelga- cobran nueva vida y nuevas formas27. Y, aún más importante, la precarización y el subcontrato en posiciones estratégicas como la minería y el sector portuario en Chile se transforma en un factor disruptivo en la dinámica de la lucha de clases como lo comprobamos con las movilizaciones protagonizadas por subcontratados de Codelco o portuarios eventuales en el ciclo que tuvo lugar, primero entre 2006 y 2008 y luego, entre los años 2013 y 2015 y que retrocedió producto de la política del Partido Comunista en la CUT -que consensuó una tregua con el gobierno de Bachelet limitando incluso la demanda del sueldo mínimo- y de la burocracia sindical de izquierda -a la cabeza de los procesos más combativos, pero manejando todo por arriba sin buscar activar las enormes reservas de la clase trabajadora. Y también producto de la actuación de las organizaciones que ahora constituyen el Frente Amplio que en ese tiempo o eran parte del Mineduc (RD) o limitaban al movimiento estudiantil a una táctica de “incidencia” parlamentaria, separando al movimiento estudiantil del movimiento obrero. Teorizar que la fragmentación es desestructuración termina siendo una operación ideológica que retarda la constitución del proletariado en sujeto en tanto no ve el papel de los distintos actores políticos que condujeron o al reposo de la fuerza social de la clase obrera o a la tensión.

 

VI

Frente único obrero, lucha de clases y programa28

No obstante, sería igualmente iluso contraponer a la teorización de la desestructuración, una noción dogmática que entienda al proletariado como una clase invariable históricamente o una visión obrerista que conciba que la clase trabajadora tal cual es hoy es una clase revolucionaria siempre a la ofensiva, o una concepción teleológica y contemplativa que espera la situación revolucionaria -como quien espera el apocalipsis- por fuera de la acción de los partidos y sus programas. Para que la clase trabajadora se constituya en sujeto histórico, se requieren importantes pugnas internas y luchas fraccionales, pues en su seno actúan burocracias sindicales que la conservan en un estado propicio para la instrumentalización del capital, en reposo. En ese proceso resulta ineludible la tarea de construir un partido revolucionario de la clase trabajadora y fracciones revolucionarias en el proletariado y en otros sectores oprimidos. El nivel de actividad de la lucha de clases varía de acuerdo al estado de ánimo en las clases y al rumbo que le imprimen sus direcciones.

Refiriéndonos al escenario chileno: hechos como el anuncio de 1600 despidos de trabajadores de planta en Chuquicamata y de una cantidad similar de subcontratados; el cierre de Iansa que deja en la calle a más de 1000 trabajadores y condena al pueblo de Linares a una pequeña catástrofe social; los cierres en Maersk (San Antonio) y Cial (Temuco) y Pastas Suazo; los 19 despidos en el Ferrocarril Antofagasta – Bolivia del grupo Luksic; el intento de implementar un estatuto laboral juvenil que precariza; marcan la necesidad de un frente único defensivo. No se trata de ataques generalizados, pero marcan un “mensaje” reaccionario más propicio para la impunidad patronal. Si estos ataques generan una “defensa activa” de la clase trabajadora: coordinación, manifestaciones; entonces la intensidad de la lucha de clases crece. Si se dejan pasar, su efecto es disciplinante.

Si defensiva y ofensiva son “modos de combatir”, el reposo, por el contrario, es abandonar toda tensión, toda disposición al combate. El reposo puede ser producto de haber conseguido los objetivos de la lucha o producto de haber renunciado a ellos. Cuando dirige la burocracia -que posee intereses propios que no coinciden con los intereses del sujeto que dice representar: las y los trabajadores- priman el reposo y la renuncia a los objetivos. ¿No es lo que hizo la CUT durante el gobierno de Bachelet?

¿Y las grandes organizaciones sindicales qué están haciendo frente a los ataques actuales? Los trabajadores de Chuquicamata paralizaron en rechazo a dos despidos por acciones de los sindicatos 1, 2 y 3 y exigiendo mejorar el “plan de egreso” de los 1600 despidos anunciados por cuotas hasta 2026. El Colegio de Profesores se apresta a una movilización el 8 de agosto por demandas propias. Escondida negocia y está ad-portas de o llegar a una huelga o descomprimir el conflicto. Todas estas luchas no han conseguido una dinámica más constante que pueda torcerle la voluntad a las patronales ni imponerles un frente único defensivo a las direcciones burocráticas.

Los 19 trabajadores despedidos de FCAB vienen marcando una diferencia. En conjunto con el Sindicato Interempresa, se han dispuesto a una defensa activa. Organizaron un fondo de solidaridad que concitó el respaldo de otros sindicatos mineros o industriales como la Constramet. En las universidades, militantes de Vencer y Pan y Rosas han organizado colectas con el fin de recaudar fondos para que la lucha no se quiebre por hambre. Recibieron una donación y el apoyo de Nicolás del Caño, diputado nacional del PTS en el FIT, en Argentina. Los despedidos han exigido el apoyo de los parlamentarios del FA y la izquierda local sin una mayor recepción. Pero su voluntad es al frente único de las organizaciones de trabajadores y a la unidad de acción con todos los que quieran pelear contra el grupo económico más poderoso del país, que ya el 2005 consiguió derrotar a los ferroviarios, que despidió a decenas de trabajadores en C13 y que se jacta de jamás haber vivido una huelga en Antofagasta Minerals.

Las y los marxistas revolucionarios que militamos en el PTR entendemos que para quebrar el reposo de nuestra clase es necesario exigirle un plan de lucha a las direcciones burocráticas que aún mantienen influencia. Que impulsen en los lugares de trabajo asambleas y deliberación para organizarnos frente a los despidos y frente al estatuto laboral juvenil. ¿Pasarán a la acción los dirigentes del Colegio de Profesores más allá del 8 de agosto? ¿La CUT? ¿Los grandes sindicatos mineros? ¿La Constramet?

Este escenario coincide con la onda expansiva de la “marea verde” que en Argentina enfrenta grandes dificultades debido a la resistencia de los sectores conservadores. El aborto legal se transforma en una bandera del movimiento de mujeres en todo el globo.

Si el frente único obrero sirve para defendernos de los ataques también sirve para ir por conquistas como la del aborto legal. Y, en este caso, para activar una fuerza capaz de aliarse con el poderoso movimiento de mujeres en contra de nuestros enemigos en común: el Estado, la Iglesia y el empresariado.

Pensar la realización de objetivos programáticos como estos que señalamos acá o como lo podría ser la “expropiación de SQM”, para las y los marxistas revolucionarios, va de la mano de actuar políticamente con el fin de poner en movimiento la fuerza de la clase trabajadora. La cuestión de las alianzas entre el movimiento obrero y el movimiento de mujeres tampoco se separa por la pelea contra las direcciones burocráticas que en el momento actual pasa por exigirles que movilicen y generen un plan de lucha para hacerle frente a los ataques y por pelear por un movimiento obrero que haga propias las banderas del movimiento de mujeres. Es lo que también venimos haciendo desde el FCAB: los 19 despedidos junto a sus esposas y familias se hicieron parte de la marcha por el aborto el 25J y de una serie de acciones en universidades como pañuelazos y jornadas culturales.

El marxismo revolucionario no consiste en permanecer en pasividad mientras “la clase obrera avanza”. La táctica de frente único obrero y hacer política -exigiendo a las corrientes de izquierda- es parte de un combate político y subjetivo por poner la lucha de clases en el centro. En un mundo donde los empresarios recortan derechos -como en Francia, Argentina o Brasil- entender que los programas no se realizan por medio de un “contrato social” sino a través una despiadada lucha de clases, es lo único que nos puede preparar para los grandes desafíos. El Frente Amplio y sus intelectuales son ajenos a esta visión.

1 Ver: https://www.frente-amplio.cl/sites/default/files/documentos/programa-beatriz_sanchez.pdf
2 Ídem
3 Ver https://www.revistaposiciones.cl/author/luisthielemann/
4 Ver http://www.economiaynegocios.cl/noticias/noticias.asp?id=491451
5 Mouffe, Chantal; El retorno de lo político, Barcelona, editorial Paidós, 1999, p. 17
6 Albamonte, Emilio; Maiello, Matías; Estrategia socialista y arte militar, Buenos Aires, ediciones IPS, 2017, p.17
7 En el marxismo revolucionario, el concepto de “doble poder” hace referencia al antagonismo que surge en situaciones agudas de la lucha de clases, entre el Estado de la clase dominante y los organismos de autodeterminación de masas que tienden a actuar como un nuevo poder estatal. La base material de este “antagonismo” es la contradicción ineludible entre trabajo y capital. El Estado gestiona los intereses burgueses y los “soviets” o consejos expresan los intereses proletarios y de las masas oprimidas. El “doble poder” es episódico: no puede transformarse en un sistema de funcionamiento, pues cuando se da, la clase dominante buscará restablecer el “monopolio del poder” desarmando cualquier capacidad del oponente de ejercer poder real. En el caso de la clase trabajadora, sólo si comprende la necesidad de tomar el poder, pasará a una ofensiva que le permita fundar un nuevo Estado, perspectiva para la cual resulta ineludible la existencia de un partido revolucionario.
8 Mouffe, Chantal; 1999, op. cit., p.17
9 Ruiz, Carlos; 2015, op. cit. p. 168
10 Ídem
11 Ídem
12 Ruiz, Carlos; 2015, op. cit. p. 169
13 Albamonte, Emilio; Maiello, Matías; 2017, op. cit. p. 253
14 Ruiz, Carlos; 2015, op. cit. p. 169
15 Ver en: https://revoluciondemocratica.cl/definiciones-ideologicas/
16 Ver en: https://www.revistaposiciones.cl/author/luisthielemann/
17 Mayol, Alberto; Cabrera, Andrés; Frente Amplio en el momento cero, Santiago, editorial Catalonia, 2018, p.13
18 Mayol, Alberto, Cabrera, Andrés; 2017, op. cit. p.13
19 Ruiz, Carlos; De nuevo la sociedad, Santiago, LOM ediciones, 2015, p. 200
20 Ruiz, Carlos; 2015, op. cit. p. 200
21 Mayol, Alberto, Cabrera, Andrés; 2017, op. cit. p.174
22 Ruiz, Carlos, 2015, op. cit. p. 168
23 Ruiz, Carlos, 2015, op. cit. p. 171
24 Gaudichaud, Franck; Las fisuras del neoliberalismo chileno, Santiago, editorial, Quimantú, 2016, p. 56
25 Conviene tener en cuenta que algunas lecturas posteriores, socialdemócratas o estalinistas de pasajes como este, entienden el término “necesariamente” como una necesidad absoluta ocultando ideológicamente en discusiones escolásticas acerca de la “madurez o inmadurez de las condiciones objetivas para la revolución socialista, en este o este otro país”, el rol de partidos y direcciones políticas en el rumbo que toma la clase trabajadora, sus derrotas y sus victorias. Lo necesario tiene un componente aleatorio, se compone de azares en tanto hay una lucha viva y sujetos que actúan en ella.
26 Ver: https://www.marxists.org/espanol/m-e/cartas/m5-3-52.htm
27 Ver: http://laizquierdadiario.com/Rappi-asi-funciona-la-empresa-de-pedidos-online-que-ya-tuvo-su-primer-paro-en-Argentina
28 La mayoría de las cuestiones desarrolladas en este parágrafo están teorizadas en Albamonte, Emilio y Maiello, Matías; Estrategia socialista y arte militar, 2017. Ediciones IPS. Especialmente en el capítulo I.

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