La política laboral de la dictadura para desarticular al movimiento sindical chileno

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Ana López

Resumen
El presente artículo estudia la política laboral de la dictadura y algunas acciones de resistencia del movimiento sindical en Chile, entre los años 1973-1981. Durante este periodo se produjeron cambios fundamentales en la estructura económica, política y social de Chile, como fue la reestructuración productiva, la implementación de políticas neoliberales y una fuerte represión al movimiento obrero sindical y la sociedad en general. También se impuso un nuevo modelo de relaciones laborales que tuvo como objetivo atomizar los sindicatos, limitar el derecho a huelga y desarticular las organizaciones sindicales. Aun así, el movimiento sindical se organizó, en condiciones de represión y persecución, para luchar contra la dictadura y sus políticas laborales, llevando adelante una serie de acciones de resistencia como huelgas encubiertas, ausentismo laboral y movilizaciones.

Presentación

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 tuvo consecuencias profundas para la historia del país; además de la violencia y represión desatadas contra las organizaciones de izquierda, los sindicatos, las juntas poblacionales, la militancia política y social, la ilegalización de los partidos políticos y cierre del Congreso, la dictadura atacó una serie de derechos sociales, económicos y laborales como la salud, la educación o la organización sindical. Además, se aplicaron una serie de políticas neoliberales que transformaron el país.

Apenas producido el golpe de Estado, la dictadura arremetió contra los sindicatos, declarando ilegal la Central Única de Trabajadores (CUT), apresando y reprimiendo a dirigentes y activistas sindicales, prohibiendo derechos laborales como la huelga, las negociaciones colectivas o los aumentos salariales. Posteriormente, se aplicó un nuevo plan laboral (1979) cuyo objetivo era desarticular la fuerza social y política del movimiento sindical, atacando la relación con los partidos de izquierda y la política, promoviendo un modelo de sindicalismo corporativo o gremial. Como señalan algunos autores, se trataba de “eliminar al movimiento sindical en su condición de agente socio-político nacional; a constreñirlo a un papel negociador débil en el terreno económico-reivindicativo; y a dejar paso libre a las ‘Leyes del Mercado’ en el plano de las Relaciones Laborales”,1 se otorgaba también al empleador amplias libertades para despedir, negociar los salarios, horarios y demás condiciones de trabajo.2

Para imponer la nueva política laboral, la dictadura recurrió al miedo, la represión y el terror, instalando la idea de una guerra interna para justificar la represión; numerosas fábricas y empresas fueron allanadas, deteniendo a una gran cantidad de trabajadores y dirigentes, además de intervenir las industrias que formaban parte del área social y habían sido expropiadas a sus dueños bajo el gobierno de la Unidad Popular.

Cinco días después del golpe, el bando militar N° 36 señalaba la normalización del país, promoviendo la vuelta al trabajo y las actividades públicas. Esta aparente normalidad se construyó sobre las detenciones masivas, la sospecha, el miedo, los centros clandestinos de detención, las muertes, las desapariciones. La creación de la Dirección Nacional de Inteligencia (DINA) y otros organismos de represión, posibilitó una eficaz política de exterminio y castigo. Ejecuciones, detenciones arbitrarias, desapariciones, tortura, expulsión del país o cesantía del trabajo, eran algunos de los métodos represivos, mientras aquellos trabajadores acusados de conflictivos por haber participado en paros, huelgas o tomas de terreno eran denunciados por los empresarios y dueños de fundos.

La Junta Militar señaló a aquellos que “pudieran querer alentar un eventual ambiente de agitación o desorden, que el actual Gobierno sabrá mantener el orden con toda la fuerza de la ley, por dura que ella sea”3 alentando el soplonaje y delación. Los medios de comunicación recalcaban que “El ausentismo laboral ha desaparecido. La disciplina laboral, que ya no existía, ha aparecido fortalecida y con nuevos bríos”.4

El movimiento sindical chileno tenía una larga trayectoria de organización y lucha, especialmente construida a partir del modelo desarrollista, impulsado desde la década de 1930, en el que se valorizaba la condición del trabajador, sus demandas y derechos, se reconcía e impulsaba la existencia de las organizaciones sindicales, como también el desarrollo de formas de lucha como la huelga, la movilización y la negociación colectiva, con una fuerte identificación con los partidos de centro e izquierda.5 La dictadura cívico-militar generó una crisis en el mundo del trabajo, reconfigurando la estructura productiva, la subjetividad e identidad, debilitando la reivindicación respecto de ser trabajador, la relación con las organizaciones sindicales y con la política. De esta manera, el movimiento sindical se transformó, de un sindicalismo asociado a una identidad mayoritariamente clasista (desde la fundación de la CUT en 1953 al golpe de Estado en 1973) a uno de oposición y resistencia a la dictadura (1973-1989), concentrado en la lucha contra el autoritarismo y la vuelta a la democracia.

Disciplinamiento, represión y reconversión productiva

El historiador Joel Stillerman señala que la dictadura se caracterizó los primeros años por una fuerte represión interna y una política de reestructuración económica que afectó a los sectores más concentrados de la clase trabajadora.6 Según el Informe sobre Prisión Política y Tortura7, del total de los casos que analizó esa Comisión, un 30,1% (8.206 casos) correspondió a trabajadores calificados, empleados, trabajadores de servicios públicos e industrias, mientras que un 20,8% (5.681 personas) eran obreros no calificados de industrias y de la construcción, trabajadores de comercio y de servicios. Mientras que el Informe Rettig identificó que, de un total de 2.279 casos de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos, 686 eran obreros y campesinos, 314 trabajadores independientes y 305 personas eran trabajadores y empleados estatales, de servicios o comercio8.

Además, la dictadura se enfocó en desarticular la relación entre la política y el mundo del trabajo, buscando una despolitización de las y los trabajadores, exaltando la disciplina, el orden, la productividad, el respeto a los patrones y a la autoridad.9 Asimismo, se rechazó la “política partidista” en los sindicatos, prohibiendo que los partidos intervinieran “directa o indirectamente… en la generación de directivas de los gremios, sindicatos, colegios profesionales, organismos estudiantiles, juntas de vecinos, centros de madres o de cualquier tipo de organizaciones”.10 Mientras el militante o activista sindical era señalado como un peligro para la nación.

Hacia 1974 se comenzó a implementar la economía social de mercado que posteriormente significó el despliegue del programa neoliberal, de la mano de los economistas de los Chicago Boys, lo que marcó “la ruptura del consenso en el bloque golpista y la aparición de un proyecto político… que iba más allá de la restauración de la normalidad… y apuntaba, en cambio, a su reemplazo”.11 Según el economista Alejandro Foxley, hasta 1975 la política económica de la dictadura tfue de liberalización, con la reducción del déficit fiscal, rebaja de impuestos y aranceles, devolución de empresas tomadas, prohibición del derecho a huelga y liberación de precios. Posteriormente, se aplicaron políticas de shock (abril 1975-junio 1976) con una fuerte contracción de la demanda y el rol del Estado, la caída de salarios, un fuerte aumento de la cesantía, la privatización de empresas y el desarrollo de un mercado de capitales privados. Hasta 1979 se mantuvo rebaja de aranceles y la liberalización comercial, provocando la apertura al comercio internacional, reducción de la inflación y revaluación del dólar, hasta 198112.

Estas políticas económicas tuvieron profundas consecuencias sociales, en un contexto en que el desempleo y la pobreza aumentaron y se transformaron en un problema estructural, mientras que todo intento de organización o resistencia era reprimido. El Estado desarrollista fue desmantelado, reduciendo el gasto público y los costos de la mano de obra, a la vez que aumentaba la productividad del trabajo. asimismo, comenzó un proceso de transformación en la morfología de la clase obrera debido al retroceso industrial, el aumento de la cesantía y la precarización, aumentando los focos de empleo en el sector comercio y servicios. En lo identitario, el neoliberalismo exaltó la figura de un individuo aislado, consumista, resignado y despolitizado;13 mientras se ensalzó a los empresarios que emergían “en el nivel discursivo, en el centro del nuevo orden económico, consagrando para éste una legitimidad de la cual había carecido o dispuesto muy escasamente en el pasado”.14

¿Cuál fue el sentido histórico de la dictadura chilena? Según el sociólogo Manuel Antonio Garretón, tuvo un sentido fundacional, que no se agotó en lo económico “sino que corresponde a un intento de reorganización global de la sociedad con el uso de la fuerza del Estado, de creación de un nuevo orden político y también de una forma de representarse la sociedad, su historia y su destino, es decir, un modelo cultural”15.

El movimiento sindical en la dictadura

La historia del movimiento sindical en dictadura se caracterizó, entre los años 1973 a 1975 por un periodo de crisis, desconcierto y desarticulación, ante la ofensiva represiva y reaccionaria de la junta, como también al efecto de las políticas económicas que ya señalamos.

En estos años se constituyó la CUT en el exilio, en Estocolmo, presidida por Luis Humberto, que se dedicó a denunciar la represión en Chile ante la Organización de Nacionales Unidas (ONU) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Al interior del país, se buscó realizar algunas acciones de resistencia, como fueron los intentos de lucha en las minas del norte de El Salvador y Paipote en 1975, que terminaron con seis dirigentes relegados y cuatro detenidos, acusados de ser extremistas y de atentar contra la paz social por organizar a los trabajadores16.

Paralelamente, la dictadura intentó crear un movimiento sindical favorable a sus políticas, aliándose con muchos dirigentes sindicales de la Democracia Cristiana; quienes eran invitados a las actividades oficiales para expresar su apoyo al gobierno, como fue el caso de Guillermo Medina, dirigente sindical de El Teniente, quien señalaba su irrestricto apoyo a los militares y criticaba “la campaña contra la Junta de Gobierno que se hace en el extranjero”.17 En estas condiciones comenzaron las primeras reuniones que culminaron en la formación de la Coordinadora Nacional Sindical (CNS) y el ‘Grupo de 10’, dos de los referentes del movimiento sindical en la lucha contra la dictadura.

Durante el año 1976 comenzó una mayor actividad política y sindical tendiente a defender los derechos de los trabajadores. Paralelamente, se recomponían las estructuras de oposición en clandestinidad. Organizaciones como la Unión de Jóvenes Democráticos o la Agrupación Cultural Universitaria, se convirtieron en espacios de reunión, discusión y activismo.18 Por otro lado, la Asociación Nacional de Empleados Fiscales (ANEF), denunciaban el costo del modelo recaía sobre los trabajadores. También se generó un proceso de acercamiento entre organizaciones de derechos humanos, juveniles, sindicales y de la Iglesia. Ejemplo de ello fue la huelga de hambre organizada por la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos en la sede de la CEPAL en 1976.

El 1° de mayo de 1977 la CNS y el histórico dirigente Clotario Blest, convocaron a los trabajadores a movilizarse, con el apoyo de estudiantes de las Universidades de Chile, Católica y Técnica del Estado. La respuesta de la dictadura fue la suspensión y expulsión de más de cien estudiantes, lo que originó un paro de solidaridad para exigir su reincorporación.19 Mientras el denominado ‘Grupo de los 10’, demandaba 1.- Restitución de las libertades sindicales […] 2.- Restituir el derecho a negociación colectiva y, por ende, el de huelga. 3.- Respeto de los derechos adquiridos y conquistas de los trabajadores. 4.- Garantizar la estabilidad del empleo derogando disposiciones que permiten despidos colectivos que crean intranquilidad laboral y abusos de algunos sectores patronales…20.

Las críticas contra los efectos de las políticas económicas de la dictadura se acrecentaban, estas acciones se expresaban en cartas y peticiones públicas, ya que las huelgas y movilizaciones estaban prohibidas. En septiembre de 1976 ocho dirigentes sindicales publicaron una Declaración Pública para rechazar la intervención de la dictadura contra la Confederación de Trabajadores del Cobre, reemplazando a la directiva elegida por otra afín a sus intereses. Esto señaló el punto de ruptura de los dirigentes democratacristianos como Tucapel Jiménez y Ernesto Vogel con la dictadura, criticando la violación “contra los principios básicos de la LIBERTAD SINDICAL”, mencionando que “no se diga mañana, entonces, que la campaña internacional en contra de nuestro país está dirigida y alimentada por el marxismo-leninismo”.21 De esta manera los militantes de la DC, partido que apoyó el golpe, aumentaron su distanciamiento con el regimen.

La oleada de despidos y cierre de empresas del año 1976-1977 generó la movilización de muchos sindicatos que denunciaban a los empresarios y sus prácticas y solicitaban el fin de los despidos, logrando congelar temporalmente los precios y reajustar los salarios, además de aumentar los subsidios y beneficios a los sectores trabajadores y pobres.22

El el 29 de abril de 1977 más de 126 organizaciones sindicales publicaron el “Pliego de Chile” 23, reflexionando respecto del papel de los trabajadores en el nuevo régimen y reafirmando la importancia del sindicalismo como un actor relevante en la política nacional, criticando el nuevo marco jurídico-institucional, las políticas socio-económicas, la cesantía y la pobreza, exigiendo la recuperación de la democracia.

El contexto autoritario provocó que las viejas formas de acción colectiva, como las huelgas y marchas, resultaran difíciles de implementar; la represión directa significaba la posibilidad de ser secuestrado, torturado o encarcelado, mientras que métodos como la huelga –prohibida hasta 1979- eran castigadas con despidos. Se generaron nuevas formas de acción, como el “viandazo”, en la cual los trabajadores de la Corporación Nacional del Cobre de Chile, “subieron a la mina sin el lonchero para choquear (almorzar), como una forma de demostrar sus problemas económicos”.24 Era una acción defensiva, que permitió manifestar el descontento, negándose a entrar a los comedores de las empresas o, simplemente, no llevando alimento. Durante estas acciones los comedores estaban vacíos, mientras los trabajadores deambulaban en grupos afuera de los casinos. Otra de las prácticas fue el “ausentismo” laboral, una acción acordada entre centenares de trabajadores que faltaban al trabajo alegando problemas familiares o enfermedades, lo que era una huelga de hecho, demostrando, a pesar del miedo y la persecusión, un grado importante de compromiso y organización. Los diarios de la época informaban de panfletos anónimos que señalaban “¡Nadie trabaja el 2m… Porque estamos ganando una miseria. Porque no tenemos qué echarle al lonchero”.25 La revista Qué Pasa señalaba que la paz laboral estaba en jaque26 y, que entre un 30% y un 60% de trabajadores no habría trabajado el 2 de noviembre.

En agosto de 1978 se produjeron nuevos viandazos y paros bajo la forma de ausentismo laboral en las minas de Chuquicamata; los trabajadores reclamaban por sus condiciones de trabajo y bajos salarios y exigían la reposición de sus derechos. La dictadura decretó el Estado de Sitio, deteniendo a 69 trabajadores27 y responsabilizando a seis dirigentes sindicales por “incitación al trabajo cortado” y “haber tirado maíz a los trabajadores que no estaban de acuerdo con la actitud que se quería adoptar y muy especialmente por la incitación al ausentismo laboral programado para el día 8 de septiembre”.28 Además de despidos y detenciones, numerosos trabajadores fueron relegados, enviando a localidades aisladas y en los extremos del país por plazos de 3 a 6 meses; además se dictó el Estado de Sitio, entregnado a los militares el control territorial de la zona.

Pero mientras aumentaban las acciones de resistencia, la dictadura preparaba un nuevo plan laboral, que llevaba al ámbito de las organizaciones sindicales y las relaciones laborales la política neoliberal.

El Plan Laboral Piñera

El economista José Piñera se convirtió en Ministerio de Trabajo el 26 de diciembre de 1978, con el objetivo de proponer un nuevo plan laboral acorde al modelo neoliberal que impulsaba la dictadura. Piñera reconocía que era necesario impedir que retornara el “viejo” sindicalismo y propuso legislar respecto a cinco temas: libertad sindical, democracia sindical, huelga, negociación colectiva e intervencionismo estatal. Un mes después de la presentación del Plan Laboral, se promulgaron los Decretos Ley N° 2544 y 2545, que permitieron la realización de reuniones sindicales bajo la lógica de construir un nuevo orden sindical “fundado en la democracia y en la libertad”.29 Para José Piñera lo que estaba en juego era “si se les entrega a los sindicalistas el poder para paralizar la economía y tomar como rehén al país; lo que se decide es si los dirigentes sindicales pueden llegar a tener en nuestra sociedad más poder que los parlamentarios”.30 En lo laboral, se instalaba la idea de atar los salarios a la productividad y se proponía terminar con la sindicalización obligatoria, acusándola de ser una medida extorsiva contra los empresarios.

El nuevo modelo consagrado en el Plan Laboral restringió la negociación colectiva y anuló en la práctica el derecho a huelga al permitir la contratación de reemplazantes y la negociación individual, además de prohibirla para los trabajadores fiscales y las industrias estratégicas como el cobre; la huelga podía durar hasta un máximo de sesenta días, dando por supuesto que pasado ese plazo los trabajadores renunciaban voluntariamente al trabajo o aceptaban las condiciones anteriores ofrecidas, además de permitir que a los 30 días se pudiera negociar individualmente31 y, que con un mínimo de trabajadores, se pudiera censurar a los dirigentes. Se posibilitaba a los empresarios declarar el lock-out en las empresas y les otorgaba amplias facultades para despedir y negociar salarios; así, “cada una de las modificaciones impuestas por el régimen militar sobre el mundo laboral apuntan al objetivo de eliminar al movimiento sindical en su condición de agente socio-político nacional; a constreñirlo a un papel negociador débil en el terreno económico-reivindicativo; y a dejar paso libre a las “Leyes del Mercado” en el plano de las Relaciones Laborales”.32

El Plan Laboral buscaba terminar con el modelo de sindicalismo que existía en Chile desde la década de 1930, lo que llevó a las organizaciones sindicales a la oposición activa contra esta política. Por un lado, la lucha contra este plan potenció la organización y coordinación del sindicalismo, entre sus distintos referentes sindicales como la CNS, el Frente Unitario de Trabajadores (FUT) y el Grupo de los 10.

A fines de 1978 se presentó el documento “Los Trabajadores Frente al Presente y Futuro de Chile” de la CNS y el FUT, donde analizaban la situación política, económica, cultural y social del país, definiendo como objetivo central la lucha contra la dictadura y la vuelta a la democracia, el respeto de los derechos humanos, la Asamblea Constituyente y el fin de la economía social de mercado; señalando que el nuevo modelo servía a “los intereses y la ideología de unos pocos privilegiados y otros pocos tecnócratas”.33 Este documento señaló un camino de lucha centrado en la recuperación de la democracia, alejándose del lenguaje de lucha de clases para proponer la unidad nacional, justicia social y paz. Por otra parte, el Grupo de los 10 rechazó el proyecto de Plan Laboral, según indicaban los diarios, un “abierto desafío lanzaron los 10 […] Dicen que solo con bayonetas los harán aceptar el plan laboral”.34

Los dirigentes y las diversas organizaciones sindicales comprendían que la política del gobierno significaba el fin de un modelo de sindicalismo, por eso señalaban que “los trabajadores rechazamos la nueva institucionalidad laboral. Es un modelo que no aceptamos. Si se implanta para desgracia de los trabajadores, porque las bayonetas dan para mucho, la aceptaremos a regañadientes, pero antes la vamos a combatir”.35

El 8 de marzo de 1979, Día Internacional de la Mujer, se transformó en una manifestación contra la dictadura, con marchas en Santiago y otras ciudades importantes, “con gritos y consignas en contra del Gobierno de Chile y vitoreando a la Resistencia”.36 El 1° de mayo del mismo año, la dictadura intentó realizar un acto para demostrar el apoyo de un sector del sindicalismo oficialista a su política, con escasos resultados, mientras el sindicalismo opositor convocaba a una manifestación que según los medios de comunicación tenía como fin “que los dirigentes politizados promuevan en Chile, especialmente el 1o de mayo, agitación subversiva destinada a debilitar la autoridad del Gobierno”.37 Finalmente, el acto del 1° de mayo terminó dividido en varias concentraciones, convocadas por los distintos organismos sindicales, aun así, hubo más de seiscientos detenidos,38 incluyendo a periodistas extranjeros que fueron expulsados del país.

La CNS realizaba constantes llamamientos a la lucha y la unidad sindical, denunciando la situación de los cesantes y solicitando el aumento de las remuneraciones.39 También el FUT proponía un Plan de Lucha,40 convocando a movilizarse por el reajuste de salarios, el respeto a los derechos sindicales y el rechazo al plan laboral, exigiendo el fortalecimiento de la negociación colectiva, el derecho a huelga y rechazo al lock-out.

Entre 1979 y 1981 se realizaron una cantidad importante huelgas en los sectores del cobre, Textil Victoria, SUMAR, Panal, el carbón, Vinex, entre otras. Como señalaban los trabajadores, “tenemos mucho que ganar y ya casi nada que perder”.41 La realidad es que los trabajadores habían perdido ya gran parte de sus conquistas sindicales, como también sus derechos sociales; en 1978 el desempleo rondaba el 13% y la distribución del ingreso se había concentrado en los sectores de medianos y altos ingresos, afectando particularmente a los trabajadores;42 el empleo en el sector industrial había caído casi un 10%, al igual que la construcción,43 aumentando en minería, comercio y servicios.

Sin embargo, la importante cantidad de huelgas que se produjeron entre 1979 y 1981 enfrentaron difíciles condiciones. Los propios dirigentes sindicales señalaban las maniobras patronales que prepararon durante meses el aumento de stock para que, cuando llegara la huelga “estuvieran abarrotadas las bodegas”.44 El dirigente textil Manuel Bustos señalaba que las huelgas en el área de la textilería fueron muy duras y “los acuerdos que se lograron fueron entre quedar cesantes o seguir con trabajos”,45 como fue el caso de Botones Giglio, La Sacala, Coresa (donde se declaró el lock-out) y otras empresas. La mayoría de las huelgas se extendían hasta el fin del plazo legal (60 días) y terminaban en fuertes derrotas, en las que los trabajadores aceptaban incluso la pérdida de conquistas para mantener el empleo. En industrias como CTI los empresarios despedían previamente a una gran cantidad de trabajadores, aprovechando las ventajas de la ley laboral, recontratándolos en peores condiciones; lo mismo sucedía en otras áreas como comercio, textiles, línea blanca e industria metalúrgica. La huelga, tradicional herramienta de lucha de la clase trabajadora, comenzó a ser impugnada por la propia legislación laboral, quitando toda su potencialidad como herramienta de lucha. A su vez, los cambios estructurales afectaban a los trabajadores, exigiendo el incremento de la productividad, intensificación del trabajo, provocando altos índices de cesantía y caída del empleo industrial, factores que debilitaban los sindicatos y buscaban quebrar los lazos de solidaridad y unidad de los trabajadores, al instalar la competencia e individualismo.

Si bien, el proceso de recuperación y reorganización sindical seguía su curso, recuperando directivas sindicales durante las elecciones de 1980 que “dieron mayorías absolutas a dirigentes que se ubican en la oposición”;46 en el cobre se fortaleció la Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC) organización que fue uno de los pilares de la convocatoria a las primeras protestas contra la dictadura en 1983. Lo mismo sucedió en las elecciones de empresas como Acero Huachipato, petróleo, ferroviarios, bancarios, comercio y ENDESA.

Aun cuando la legislación laboral era restrictiva, entre 1979 y 1981 se realizaron numerosas huelgas, aunque la mayoría con resultados adversos para los trabajadores. Mientras los empresarios aprovecharon la institucionalidad laboral del nuevo plan para debilitar la huelga y la negociación colectiva, los sindicatos se oponían porque consideraban que se trataba de derechos esenciales de los trabajadores, que los llenaban de “dignidad” y “solidaridad”, señalando que la huelga era un “legítimo instrumento de su lucha reivindicativa”.47

Estas luchas, las diversas manifestaciones de resistencia, las acciones de solidaridad y las huelgas, mantenían activa la organización de los trabajadores, expresada en la demanda y organización en torno a problemas económicos, pero también en lucha contra la dictadura y su régimen autoritario. La resistencia poseía una doble dimensión: era defensiva, como reacción ante la arremetida de la dictadura y los empresarios contra los trabajadores, buscando resguardar la integridad física de dirigentes y activistas o a las organizaciones, intentando mantener las condiciones de vida frente a las políticas económicas; asimismo, conllevaba un aspecto activo, movilizaba la acción, permitía reagrupar fuerzas, organizarse, buscar estrategias y alternativas de lucha. Sin embargo, mucho había cambiado en esos casi 8 años de dictadura, no solo en la estructura económica, sino también en lo cultural y político.

Comentarios Finales

El proceso de racionalización y liberalización económica que impulsó la dictadura promovió la “inversión, comercio y financiamiento extranjero, mayoritariamente privado”48 en un contexto político autoritario y excluyente. El efecto sobre el movimiento sindical implicó una crisis política, relacionada con la marginación y exclusión de los sindicatos y los partidos tradicionales de base obrera; además se vivió una crisis ideológica;49 el impacto propiamente estructural, relacionado con los cambios operados en el aparato productivo nacional, con la disminución de los sectores industriales como base del sindicalismo histórico tradicional y, finalmente, una crisis organizacional, producto del plan laboral Piñera.

El movimiento sindical fue relevante para mantener organizada la resistencia a la dictadura, con diversas manifestaciones y acciones públicas de protesta y oposición,50 las que no alcanzaron a paralizar las políticas económicas ni laborales del régimen, pero permitieron mantener vivas las demandas como el derecho a huelga o negociación colectiva, como también posibilitaron la coordinación de los distintos referentes sindicales para unificar las demandas y peticiones, lo que se expresó en el rol que cumplió el Comando Nacional de Trabajadores durante los primeros llamados a protestas nacionales, en 1983. A partir de ese año “el descontento popular con el régimen se expresó a través de una serie de manifestaciones populares callejeras51”.

Aquellos trabajadores, sindicatos y organizaciones que resistieron las políticas de la dictadura tuvieron que desarrollar nuevos caminos y estrategias para la acción, la organización y la lucha. Buscaron el apoyo de instituciones como la Iglesia Católica, tratando de concebir nuevas formas de acción, como el ausentismo o el viandazo, para enfrentar la represión y el miedo. Además de recuperar sus métodos tradicionales de lucha y recrear otras formas de expresión, debieron encarar los cambios estructurales y subjetivos que se estaban viviendo bajo dictadura. El lenguaje de la lucha de clases y del clasismo, dio paso a uno de conciliación; otros asumieron la idea de sindicatos sin partidos políticos o despolitizados, asumiendo el ideario de la dictadura. El reformismo mantuvo su estrategia de conciliación de clases, en la búsqueda de la unidad de la oposición amplia contra la dictadura y la vuelta a la democracia.

Por otro lado, las dirigencias sindicales fueron asumiendo una nueva política, centrada en la lucha contra la dictadura y la vuelta a la democracia, como también en un discurso de conciliación y diálogo social. La lucha de clases, el clasismo, la valoración del sindicato, la reivindicación de la acción política obrera o la idea de revolución, fueron desapareciendo del discurso y la práctica sindical; este procesó también lo vivió gran parte de la izquierda chilena, en lo que se conoce como la ‘renovación socialista’,52 donde se abandonó la idea de socialismo y revolución, asumiendo la democracia como el único régimen posible.

Si bien existieron expectativas con que el fin de la dictadura representaría un mejoramiento en las condiciones de vida de los trabajadores y la sociedad, que permitiría recuperar las conquistas económicas, sociales y sindicales previas al golpe de Estado, esto no sucedió. La transición chilena se sostuvo en la aceptación por parte de los partidos de la Concertación, del modelo económico y social implementado por Pinochet y en nuevas formas de hacer política, sustentadas en la lógica de los acuerdos de diálogo social, privilegiando el consenso por sobre la confrontación. Fue así que “ni la participación ni la justicia social llegaron con la democracia. La dirigencia sindical aspiraba a ser reconocida como interlocutor válido… y se sentían con el derecho a participar, derecho ganado en la lucha contra la dictadura”.53

Finalmente, la política laboral de la dictadura se basó en la desarticulación, despolitización y reestructuración. La desarticulación tuvo como objetivo desmantelar el modelo de relaciones sindicales y laborales del modelo de desarrollo industrial implementado en la década de los 30’, específicamente a través del Plan Laboral del año 1979, en que los sindicatos fueron atomizados, perdiendo su fuerza y poder de negociación. La despolitización tuvo como objetivo quebrantar la identidad de clase y la asociación del movimiento sindical con los partidos de izquierda, que terminó con un movimiento sindical que se concentró en la lucha contra la dictadura y el retorno a la democracia, dejando de lado el cuestionamiento al capitalismo o la lucha por la revolución social; mientras que la reestructuración se basó en la implementación del modelo neoliberal, provocando la precarización y flexibilización del empleo, el retroceso del trabajo industrial, el auge del comercio y servicios, una nueva cultura individualista y de consumo, entre otras cosas.

La clase trabajadora y sus organizaciones fueron excluidas como fuerza social y política en la dictadura y en la posterior transición a la democracia, por los gobiernos de la Concertación hasta la actualidad.

Es necesario reabrir el debate estratégico sobre la importancia de la clase trabajadora, como también de un balance sobre la dictadura y la transición a la democracia, el rol de los partidos políticos y las direcciones sindicales, con el objetivo de plantear la necesidad hoy más que nunca, de retomar no solo la lucha contra todas las herencias de la dictadura, como son hasta hoy las políticas laborales, la falta de derechos, o la precariedad laboral, sino también rearticular un movimiento de trabajadores en una perspectiva estratégica anticapitalista.

1 Eugenio Tironi y Javier Martínez, Clase obrera y Modelo económico. Un estudio del peso y la estructura del proletariado en Chile, 1973-1980 (Santiago, Programa Economía del Trabajo, Academia de Humanismo Cristiano, 1993).

2 Guillermo Campero, Movimiento Sindical Chileno en el capitalismo autoritario: el proceso 1973-1981 Un intento de reflexión y perspectiva (Chile, ILET, 1982); Patricio Frías, Construcción del Sindicalismo Chileno como actor nacional 1973-1988 (Santiago, CUT-Programa Economía del Trabajo, 1993).

3 “Tenemos los cimientos más sólidos del presente siglo”. La Tercera de la Hora (12 de septiembre de 1978): 6.

4 “Comentario Económico. Remuneraciones, trabajo e igualdad”. La Tercera de la Hora (3 de marzo de 1974): 17.

5 Alan Angell, Partidos políticos y movimiento obrero en Chile (México, Ediciones Era, 1974).

6 Joel Stillerman, “Continuidades, rupturas y coyunturas en la transformación de los obreros de MADECO S.A., 1973-2000. Política N° 44 (otoño de 2005), Universidad de Chile, Instituto de Asuntos Públicos:165-196.

7 Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, Informe Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura. (Santiago: Ministerio del Interior, 2004). En: http://www.comisiontortura.cl/.

8 Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación, Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación. (Santiago, Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, Volumen I, Tomo I, 1996).

9 Comenzó el trabajo de reconstrucción económica y moral en las industrias. La Tercera de la Hora (30 de septiembre de 1973): 6.

10 Declaran en total receso a los partidos políticos. La Tercera de la Hora (22 de enero de 1974): 2.

11 Ricardo Yocelevsky, Chile: partidos políticos, democracia y dictadura. 1970-1990 (Santiago: Fondo de Cultura Económica, 2002), 113.

12 Alejandro Foxley, “Hacia una economía de libre mercado: 1974-1979”. Revista Estudios CIEPLAN.. N° 4 (abril-junio 1981): 5-37.

13 En el caso de la identidad obrera, algunos de los rasgos de identificación del movimiento sindical durante el modelo desarrollista, se articularon en torno a la valorización de la condición del trabajador, la reivindicación respecto de los derechos y demandas laborales, el reconocimiento del sindicato y los partidos políticos, la afirmación de formas de acción colectiva (huelga, movilizaciones), la relación con una cultura obrera y ciertas características asociadas a un modelo masculino/proveedor/productivo.

14 Guillermo Campero (et. al), Los actores sociales en el nuevo orden laboral, (Chile, Dolmen, 1993), 52.

15 Manuel Antonio Garretón. El proceso político chileno. (Santiago, FLACSO, 1983), 139.

16 Carlos Bongcam, Sindicalismo chileno. Hechos y documentos. 1973-1983 (Suecia, Círculo de Estudios Latinoamericanos, 1984), 128.

17 “Habrá real participación de todos los trabajadores”, Ibíd. (2 de mayo de 1975): 4.

18 Víctor Tamayo, ACU rescatando el asombro: historia de la Agrupación Cultural Universitaria (Santiago: La Calabaza del Diablo, 2006).

19 “Se inició el 1° de mayo. Efervescencia estudiantil”. Qué Pasa 422 (17 al 23 de mayo de 1979):, 6-7.

20 “Trabajadores plantearon reservas frente a la reforma previsional”. La Tercera de la Hora (21 de abril de 1976): 6.

21 “Declaración Pública”. Santiago, Chile, 9 de septiembre de 1976. Firmada por: Tucapel Jiménez, Presidente de la ANEF; Eduardo Ríos, Presidente de la Confederación Marítima de Chile; Pedro Cifuentes, Presidente Conf. Trabajadores IANSA; Enrique Mellado, Presidente Conf. Trab. Agrícolas “Triunfo Campesino”; Antonio Miminza B., Presidente del Comando Nacional Trab. ENAP; Manuel Bustos S., Presidente Sindicato Indust. Textil SUMAR; Ernesto Vogel R., Presidente Federación Indus. Ferroviaria de Chile; Luis Alegra A., Presidente Confed. Trab. Del Plástico. Centro de Documentación. Vicaría de la Solidaridad. Arzobispado de Santiago. Santiago, Chile.

22 “S.E. anunciará hoy ajustes en la política económica”, La Tercera de la Hora (11 de marzo de 1976): 2.

23 “Análisis y aspiraciones de los trabajadores chilenos a 44 meses del Gobierno Militar. Llamado Pliego de Chile”. 1° de Mayo de 1977. Centro de Documentación. Vicaría de la Solidaridad. Arzobispado de Santiago. Santiago, Chile.

24 “Comezón en El Teniente”, Qué Pasa 342 (10 al 16 de noviembre de 1977): 10-12.

25 Carlos Bongcam, Sindicalismo chileno…, 168.

26 “El fantasma de la huelga… y cómo enfrentarlo”, Qué Pasa 343 (17 al 23 de noviembre de 1977): 30-35.

2769 detenidos hay en Chuquicamata”, La Tercera de la Hora (14 de septiembre de 1978): 6. Los detenidos eran acusados de incitar a la huelga, hacer “reuniones clandestinas o incitando a no entrar a los comedores, llevando panfletos”.

28 “Continuará el Estado de Sitio en El Loa”, La Tercera de la Hora (6 de septiembre de 1978): 6.

29 José Piñera, La Revolución laboral en Chile (Santiago, Zig-Zag, 1990), 22.

30 Ibíd., 26.

31El Plan Laboral en acción”, APSI 64 (1 al 15 de octubre de 1979): 2-3.

32 Eugenio Tironi y Javier Martínez, Clase obrera y modelo económico…, 230.

33 “Los Trabajadores Frente al Presente y Futuro de Chile”, Santiago, 7 de septiembre de 1978. Coordinadora Nacional Sindical y Frente Unido de Trabajadores. Centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago. Santiago, Chile.

34 “Abierto desafío lanzaron los 10”, La Segunda, tapa, 5 de enero de 1979.

35 “Belicoso rechazo al plan laboral dio a conocer ‘Grupo de los Diez’”, La Segunda, contratapa, 5 de enero de 1979

36 “Manifestantes en un concierto”, La Segunda (9 de marzo de 1979): 2.

37 “Sindicalistas, apoyados por AFL-CIO preparan agitación para 1.o de mayo”, La Segunda, contratapa, 4 de abril de 1979.

38 “Cómo fueron los dos 1° de mayo”, Revista Qué Pasa 420 (3 al 9 de mayo de 1979): 6-8.

39 “A la Opinión Pública”, Consejo Ejecutivo Coordinadora Nacional Sindical. Manuel Bustos, Juan Sepúlveda, Hernán Jofre, Manuel Jiménez, Héctor Cuevas, Carlos Morales, Sergio Freyhoffer, Alamiro Guzmán. Santiago, junio 29 de 1979. Centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago. Santiago, Chile.

40 “Plan de lucha del Frente Unitario de Trabajadores (F.U.T.)”, Consejo Directivo Nacional. Santiago, 2 de Agosto de 1979. Centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago. Santiago, Chile.

41 “A la Opinión Pública”, Santiago, octubre 26 de 1978. Manuel Bustos y otras 28 firmas de dirigentes sindicales. Centro de Documentación de la Vicaría de la Solidaridad, Arzobispado de Santiago.

42 “Ingresos. Polémicas cifras sobre su distribución”, APSI 68 (15 de enero de 1980): 4.

43 “El desempleo nuestro de cada día”, APSI 77 (16 al 31 de julio de 1980): 13.

44La Mala Huelga”, APSI 71 (marzo de 1980): 4.

45 Ibíd.

46¿Quién es quién en la gran minería del cobre?”, APSI 76 (1 al 15 de julio de 1980): 2.

47 “Sumas y restas de una negociación”, APSI 66 (noviembre de 1979): 4.

48 Guillermo Campero, Movimiento Sindical Chileno…, 26.

49 Guillermo Campero, Movimiento Sindical Chileno…, 36.

50 Rodrigo Araya. Organizaciones sindicales en Chile. De la resistencia a la política de los consensos: 1983-1994 (Chile, Universidad Finis Terrae, 2015).

51 Igor Goicovic. La Refundación del Capitalismo y la Transición Democrática en Chile (1973-2004). En: Revista La Sociología en sus Escenarios. (Centro de Estudios de Opinión, Universidad de Antioquia, Nº 17, 2008), . en: http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/ceo/article/view/6927/6342.

52 Mauro Salazar y Miguel Valderrama, Dialectos en transición: política y subjetividad en el Chile actual (Santiago, LOM, 2001).

53 Jorge Rojas, “El movimiento sindical chileno en la transición a la democracia”. Revista Proposiciones (Santiago, N° 22, 1993, 54-79): 54

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